Pocos recuerdan el asalto de la Embajada norteamericana en Teherán, ocurrida en 1979. La toma de rehenes humilló a Washington y demostró que la crisis con los fundamentalistas iraníes tendría consecuencias terribles en el futuro.
A 28 años de esta acción, se avecinan tiempos más difíciles con el régimen de los Ayatolás. Demostrando un claro desafío a la comunidad internacional y ambiciones desmedidas por obtener la bomba atómica, Irán parece que se dirige a una confrontación directa con Estados Unidos.
Hace poco horas, concluyó el plazo dado por la ONU para que Irán suspendiera su controvertido programa nuclear. Mahmud Ahmadineyad, el presidente iraní, señaló que su país no detendrá su proyecto atómico, mucho menos cuando aduce que Israel tiene igualmente armas de destrucción masiva.
Se espera que hoy el Consejo de Seguridad se reúna en Nueva York para determinar las acciones bélicas contra Teherán y por primera vez en muchos años, Panamá deberá tomar una decisión sobre si respaldar medidas punitivas o lograr la mediación internacional para detener un posible enfrentamiento en el Golfo Pérsico.
Como parte del Consejo de Seguridad, Panamá tiene el deber de consolidar la paz y seguridad internacional así como garantizar la neutralidad de la vía interoceánica, en todo momento.
No en vano, la diplomacia panameña ha demostrado ser conciliadora y determinante para evitar los conflictos. En 1979, Panamá dio asilo breve al Sha de Irán para bajar la tensión en Oriente Medio.
En esta ocasión, puede volver a ofrecer sus buenos oficios para detener la masacre que se avecina. La postura neutral del Istmo en esta crisis inminente puede hacer destacar a nuestro país, si mantiene sagacidad en semejante asunto espinoso