Haití, uno de los rincones más pobres y castigados del planeta, vive con esperanza y tensión las últimas horas de la campaña electoral para las elecciones presidenciales y legislativas mañana.
Al concluir también campaña para estos comicios en los que los haitianos se juegan su futuro, que es lo único que tienen, y la comunidad internacional su credibilidad.
Estados Unidos, la Organización de Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos, la Unión Europea y un sinfín de instituciones internacionales de carácter humanitario se han implicado con poder decisorio en el futuro inmediato de este país y muy concretamente en la celebración de las elecciones.
La inversión internacional en Haití durante los dos últimos años ha sido millonaria e ingente en recursos humanos, y la injerencia en los asuntos internos del país abierta y determinante.
En tanto, los aproximadamente ocho millones de haitianos han sufrido los rigores de un gobierno provisional concentrado en cumplir las directrices internacionales para celebrar unas elecciones que fueron aplazadas cuatro veces y cuidar, al menos en su apariencia, el carácter democrático y soberano del proceso.
El hambre, el abandono absoluto de la infancia, el sida y la violencia extrema, política y doméstica, son males que ya desde hace años castigan a Haití de manera endémica.
Pero, además, desde la revuelta popular que en febrero del 2004 sacó del poder al entonces presidente, Jean Bertand Aristide, y propició la instalación de un gobierno provisional, al amparo de Estados Unidos, y la apertura del proceso electoral, los haitianos han visto como se duplicaban los precios de la gasolina, el arroz y los frijoles.
La campaña electoral ha sido intranscendente en lo que a intercambio de propuestas se refiere, puesto que lo fundamental y urgente parece ser la instalación legítima de una administración que gobierne. Las dos únicas opciones diferenciadas que se vislumbran son un presidente, más que un Gobierno, que tenga la confianza de la oligarquía o uno que sea del agrado de la mayoría de desposeídos.