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Una gran herencia universal

Hermano Pablo
California
Cuando se leyó el documento, la cifra fue asombrosa: ¡treinta y un millones, doscientos cincuenta mil dólares! El abogado se secó la frente perlada de sudor. Los herederos fruncieron un poco el ceño. Y los representantes de los obreros de la fábrica no cabían en sí de felicidad. El propietario de una fábrica de productos electrónicos de Suiza, Erhard Mettler, había destinado, al vender su fábrica, esa enorme suma para ser repartida entre sus 2.200 empleados. Cada uno recibió más de catorce mil dólares. Esto de recibir una fortuna inesperada lo pone a uno fuera de sí. Ya lo dijo Sancho Panza: «Esto de heredar lo deja a uno aliviado de sus penas.» Porque cuando la herencia es grande, las penas de la muerte se reducen en proporción inversa: cuanto más grande la herencia, más pequeño el dolor. Las herencias se prestan, muchas veces, para pleitos y discusiones. Los tribunales de todo el mundo están llenos de litigios y litigiosos, que se pelean los pocos o muchos pesos dejados por el pariente que ha pasado a mejor vida. Es que la naturaleza humana es así: nunca se cansa de tener y tener. Cuánto más se tiene, más se quiere, y basta una suma cualquiera de dinero en danza para poner en peligro una amistad, un amor y a veces toda una parentela. Sin embargo, hay una fortuna inmensa, una herencia riquísima que está ahí nomás, al alcance de todo el mundo, y que basta estirar la mano para recibirla. Es una herencia universal, porque todos los hombres del mundo están incluidos en ella. Es incalculable, porque cubre todas las necesidades de esta vida y de la eternidad. Y es incorruptible, porque ni el tiempo, ni el orín, ni la polilla, ni la inflación o depresión podrán jamas alterarla. Esa herencia se llama vida eterna. También la podemos llamar vida nueva, vida espiritual o vida cristiana. Es la herencia que nos dejó Jesucristo al morir por nosotros en la cruz y al resucitar en la mañana de ese glorioso domingo de Pascua. Podemos recibir esa herencia ahora mismo, mediante un acto de fe. Podemos recibirla en el corazón, para guardarla agradecidos hasta el tiempo de disfrutarla en plenitud. Cristo nos la ofrece por puro amor, para que nosotros la recibamos, gratuitamente, por la fe.
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