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En la Asamblea Legislativa el día que eligieron a los dos nuevos magistrados sólo estaba la gente que integraba los grupos políticos interesados en una u otra posición: quienes querían que fueran ratificados, y quienes los adversaban. Era una barra de activistas y militantes. No había ciudadanos comunes ni representante alguno de la sociedad civil, es decir, la gente común y corriente.
Los panameños, algunos, miraron el asunto por televisión. Otros oyeron la radio, y la gran mayoría ni eso. El interés no fue masivo, y nadie acudió a opinar ni dejar sentada su posición.
Seguro que si alguna persona hubiera ido sola a manifestar su parecer, y se hubiera pronunciado en solitario, lo habrían llamado loco.
En otros tiempos, cuando la ciudad era más chica y casi todos se conocían, el debate habría sido interrumpido por una manifestación espontánea y multitudinaria, que no habría necesitado dirección política ni llamados masivos: la gente hubiera acudido por civismo puro, en una marejada que habría puesto los puntos sobre las íes. Quien discuta esto, nada más tiene irse a los libros de historia y encontrará ejemplos de sobra.
Pero ahora no: hoy al panameño no le importa nada, y deja que los políticos y sus barras bravas se tomen el control de la situación. El panameño no participa, no dice nada, solo sabe quejarse y quejarse, pidiendo que el gobierno, o la iglesia o algún otro le resuelva los problemas.
A ese ritmo, muy pronto volveremos al esclavismo. Y entonces que nadie llore. |