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Personas normales y felices

Hermano Pablo | Reverendo

Fue una investigación que se hizo a fondo, científicamente, en cientos de personas. La realizaron dos mujeres griegas, Janice Gibson y Mika Fatouros. Hablaron con decenas de hombres y sus familias. Les hicieron preguntas acerca de sus hábitos, sus gustos y sus ideas sobre los hijos, el hogar y la familia.

Después de su minuciosa investigación, las mujeres concluyeron que todas las personas que formaron parte de su estudio eran «sanas, normales y felices». No tenían taras morales. No tenían complejos. No eran psicópatas. Eran de lo mejor, y sin embargo estos hombres habían sido torturadores de presos políticos en el régimen militar griego de 1967 a 1974.

El informe de estas dos mujeres es escalofriante. «No es necesario ser un sádico o un criminal —dijeron— para volverse un torturador. Basta un poco de entrenamiento y de insensibilización de la conciencia.»

Cualquier hombre instruido, normal, inteligente, puede convertirse en torturador. Puede aplicar golpes de picana eléctrica. Puede arrancar uñas con pinzas, horadar tímpanos con lezna o quebrar dientes a martillazos, y esto con la misma tranquilidad con que al regresar a su casa juega con los niños, acaricia al perro y mira la televisión.

Ese torturador, que no oye los aullidos de dolor de la mujer encinta a la cual ha pateado el vientre, o del hombre a quien le ha saltado los ojos, ¡es un ser humano normal! Basta un poco de «insensibilización de la conciencia» y el hombre más normal se vuelve torturador.

Para colmo de males, cuando cambia la política y se viene al suelo el gobierno, puede ser que un par de generales vayan a la cárcel, pero los torturadores siguen en pie esperando otro cambio de gobierno.

¡Qué inconcebible es el resultado de la insensibilidad de la conciencia! Sólo Cristo puede despertar la conciencia, purificarla y normalizarla. Pero nosotros se lo tenemos que pedir.



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