Panamá es un país en el que -según cifras oficiales- un 40% de la población vive por debajo de la línea de la pobreza. También se habla de que más del 90% de los trabajadores, entre públicos y privados, gana menos de 1, 500 dólares mensuales.
Aunque impresionante para algunos, estas sólo son cifras que detallan la situación económica de un grupo de personas en un momento determinado. No implica que necesariamente todos los que están por debajo de la línea de la pobreza se tienen que quedar ahí abajo, porque ninguna estadística puede medir las ansias de superación de un individuo. Sólo uno mismo está en condición de saber hasta dónde queremos llegar.
Más importante, esto tampoco significa que los que menos tienen valen menos como personas.
Lamentablemente, algunos se resignan de su condición de pobres, y viven convencidos de que viajar en bus y saltar garrocha de vez en cuando es una condena de la cual no pueden librarse.
Al mismo tiempo, se sienten incómodos y acomplejados cuando ven a alguien que tan sólo está un poquito mejor que ellos económicamente. Se sienten por el piso cuando el vecino consigue un mejor trabajo, o abre un negocio, o se compra un carro nuevo.
¡Ah!, pero a la hora en que les toca a ellos esforzarse para mejorar, ellos mismos se ponen las barreras.
Si uno les recomienda que estudien, que consigan un título universitario, una maestría o que se asocien con otras personas para un negocito, por pequeño que sea, de una vez sacan las excusas: "No, es que eso es para los ricos", "yo no sé nada de eso", "no tengo tiempo".
En consecuencia, siempre van a vivir acomplejados. Lo primero es tener confianza en uno mismo, no dejarse amedrentar, y sobre todo, tener la voluntad de mejorar.