OPINION

HOJAS SUELTAS
¡Gracias!

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Por Eduardo Soto
Periodista

Se va el ominoso año 2001 con su nube de polvo y el reguero de muertos y sus fracasos en fútbol y esa pobreza reinando y, por supuesto, aquella maldita falta de fe, que nos hace parecernos tanto a los perros de la calle, sin cadena y sin dueños, para los que todo basurero es refugio y el peor de los harapos, dosel.

Pero que no se piense que lo dicho es una queja. Jamás he de dolerme por la vida. Como todos, sufrí tragando cada uno de los doce meses vividos, pero resistí sonriendo. ¡Que si grité iracundo?, Sí. ¡Que si perdí la paciencia?... frecuentemente. Pero nunca preferí estar en otra parte que en este valle de lágrimas, viviendo cada segundo, chupándome con frenético empacho el tiempo que me dieron, porque para eso me puso el Hacedor en estos lodazales: para vivir.

¿Qué gano con llorar? Las lágrimas quedaron atrás. Debo decir que el año lo disfruté entero, en toda su densidad, con sus cuestas y sus abismos, y a veces en primera fila, porque ese es un privilegio que tenemos la gente de este oficio de hechiceros.

Prefiero rescatar las alegrías que me dio. Como esa de escribir, que es mi gran pasión desde niño. Lo hice a mis anchas. Con lujuria, pendenciero, embelesado, pragmático, a veces dulce y sereno como flor, otras (lo confieso e imploro compasión) ponzoñoso cual arácnido mortal. Estoy feliz porque la línea pura de ese cuerpo desnudo siguió viva en mis versos locos, porque hasta poesía escribí, y mucha.

Y leí. Lo hice con santa furia y sin pausas, como leen los viejos, quienes lo hacen por el puro placer del alma, sin pensar en usufructos por las letras consumidas. Mis hijos, como bisagras benditas, permitieron que abriera las puertas cerradas de mis prejuicios, mis miedos y mis rutinas inútiles, para lanzarme a la calle a pesar de todo, aun cuando a veces creí que no valía la pena. Los vi crecer ¡Qué rico!

Debo dar gracias a la vida por el año que coló por mis ventanales. Por los retos que tuve y aún me desvelan. Por mi bella madre (¡70 años, vieja!), por mi mujer que se empeña en esperar en mí un cambio, por esa boca, por mis amigos del alma, por mi trabajo, mis estudios, porque pude gozarme cada rincón del hogar (no es bueno tener cosas por gusto o por adorno) y porque no fumé.

Quisiera seguir, pero un poema que el caricaturista y amigo Louis Taylor me puso en las manos el viernes, resume mejor que yo, lo que he intentado sin éxito decirles. Es de Amado Nervo, y se titula "En Paz":

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida, / porque nunca me diste ni esperanza fallida / ni trabajos injustos, ni pena inmerecida; Porque veo al final de mi rudo camino / que fui el arquitecto de mi propio destino; / que si extraje las mieles y la hiel de las cosas, / fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas; / cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

....Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno: / ¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno! / Hallé sin duda largas las noches de mis penas; / mas no me prometiste tú sólo noches buenas, y en cambio tuve algunas santamente serenas... Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. / ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

 

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