DE PERIODISTA A PROTAGONISTA
"Yo fui testigo de la invasión"

Justino González
Crítica en Línea

La noche era despejada. El ambiente estaba cargado de tensión y de raros presentimientos que hacían asomar el rostro maldito de la muerte.

El populoso barrio de "El Chorrillo" se encontraba como siempre. En la calle 27 Oeste, automóviles de todas las marcas se estacionaban y pedían cervezas de contrabando y presas de pescados hechos con corí y perejil.

Nada parecía afectar la vida en El Chorrillo, a pesar de que cuatro días antes un soldado norteamericano había muerto acribillado a balazos por efectivos de las Fuerzas de Defensa que hacían posta en la Avenida A, donde se encontraba el alto mando de la fenecida institución castrense.

Alrededor de las 9:45 había llegado a la casa de mi madre en el edificio 24 de diciembre en la Calle 26 Oeste, procedente de la sesión del Consejo Municipal, integrada por consejales escogidos por el depuesto régimen.

Me disponía a descansar para integrarme en la madrugada al noticiero matinal del Reloj Onda Popular, donde laboraba desde hacía algunos meses como periodistas y locutor de noticias.

En el trayecto, una de mis entrañables amigas Priscilla Lezcano, conocida popularmente con el apodo de "China", me detuvo e inició una amena conversación conmigo sobre farándula, tema que le fascinaba.

Tras dos horas de conversación y algunas cervezas que nos tomamos por gentileza de mi padre, que a esa hora también salía de prestar servicio en el área A de la policía, ubicada en el Cuartel Central, dispusimos replegamos a nuestros hogares.

No habían pasado ni cinco minutos de haber llegado a nuestros hogares, cuando un estruendoso ruido terminó con el silencio de la noche.

Eran bombas y disparos hechos por los helicópteros Black How del Ejército Sur, acantonados en las riberas del canal, que habían iniciado un ataque contra las instalaciones del Cuartel Central de las Fuerzas de Defensa, donde estaban ubicadas las oficinas del depuesto General Manuel Antonio Noriega.

El fluido eléctrico se cortó. Todo quedó en penumbras. Inmediatamente se escuchaban los gritos, llantos y quejidos de los primeros heridos, que eran civiles y moradores de los multifamiliares 24 de diciembre.

Todos, mi madre, hermanas y padre quedamos tendidos en el suelo de la sala del apartamento, sin entender todavía qué pasaba. El miedo se apoderó de nosotros. Cómo es posible que vayamos a morir en estas circunstancias? Era la pregunta en medio del bombardeo que de repente parecía estar destruyendo completamente el edificio.

Debajo en la calle 26 Oeste, ya los tanques norteamericanos habían logrado apostarse. Los denominados Batallones de la Dignidad yacían algunos tendidos muertos en el suelo, mientras que otros intentaban esconderse en apartamentos para no seguir peleando.

"Yes man, okey, come, shot", eran las palabras que escuchábamos en la calle 26 Oeste. Un ruido que semejaba el de una sierra eléctrica, nos indicaba que el helicóptero Blak Haw iniciaría un vuelo de bombardeo nuevamente en el área.

Yo quería que la tierra se abriera y que nos tragara. Por primera vez me sentí protegido en los momentos buenos y malos.

Mujeres, niños y ancianos, intentaban infructuosamente abandonar sus hogares, que ya estaban siendo consumidos por el fuego.

A las tres y media de la madrugada, logramos conversar con un soldado del Comando Sur, de nacionalidad puertorriqueña a quien se le dijo que era necesario evacuar a los niños, mujeres y ancianos del teatro de la guerra.

Pocos minutos después, ya estábamos saliendo del lugar en medio de las tanquetas apostadas de soldados con los rostros pintados y con camuflajes en sus cascos. Seguimos caminando en medio del combate que tenía lugar en esta calle. Gracias a Dios logramos llegar hasta la Avenida de los Mártires, donde caminamos con dirección al área de Balboa.

A las 5 de la mañana ya estábamos familiarizados con los ruidos estruendosos de los fusiles AK-47, M-16, los morteros y las bombas que caían del cielo como si fueran papeles insignificantes.

A las 6 de la mañana, un poco apesadumbrados, confundido, me di cuenta que la patria estaba partida en dos. Solamente quedaban los escombros del popular "Chorrillo". La ciudad estaba siendo saqueada. No entendía la degeneración que había explotado por parte del pueblo.

Noriega se entregó. En ese momento acabó un capítulo. Pero qué pasó con los muertos inocentes que murieron en la invasión? Los mismos muertos que en vida representaron en su barrio chorrillero un puntal contra quienes entendieron que nacionalismo y la lucha era adulando a un militar, a su estado mayor, que se entregó cobardemente para no morir en la invasión.

Ojalá que nuestros gobernantes, entiendan que tienen un compromiso con esos muertos. Porque los mismos fueron las semillas de la genuina democracia del país.

 

 

 

 

 





 

Debajo en la calle 26 Oeste, ya los tanques norteamericanos habían logrado apostarse. Los denominados Batallones de la Dignidad yacían algunos tendidos muertos en el suelo, mientras que otros intentaban esconderse en apartamentos para no seguir peleando.

 

PORTADA | NACIONALES | RELATOS | OPINION | PROVINCIAS | DEPORTES | LATINOAMERICA | COMUNIDAD REPORTAJES | VARIEDADES | CRONICA ROJA | EDICION DE HOY | EDICIONES ANTERIORES


 

 Copyright 1996-1998, Derechos Reservados EPASA, Editora Panamá América, S.A.