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El trato a los extranjeros

Hermano Pablo | Reverendo

Durante la década de 1980 hubo una nueva ola de turismo a Cuba. Por lo general, los extranjeros llegaban a Varadero, donde había varias tiendas dedicadas a venderles cuanto quisieran. Era fácil distinguir esas tiendas de las demás. Las de los cubanos de la isla carecían de un buen surtido de mercancía, mientras que las de los turistas estaban muy bien abastecidas. Al pueblo cubano le tocaba contentarse con mirar a través de los cristales toda clase de mercancía a la que no tenía acceso.

No obstante, Mario, de unos cuatro años de edad, fue con su familia cubana a pasar unos días en Varadero, y resultó que al lado de su alojamiento había una de esas tiendas para extranjeros. Cuando Mario salió a dar un paseo con su padre, lo primero que lo atrajo fue la gran variedad de juguetes en las vidrieras del almacén. Sin vueltas ni rodeos, le pidió a su papá que le comprara un salvavidas. Su padre se limitó a explicarle:

-Mario, esa tienda es sólo para extranjeros. El niño se quedó pensativo, y luego preguntó: -Papá, ¿qué cosa es extranjero?

-Bueno, Mario, son esas personas que hablan muy raro y no se les entiende. Tú los has visto bañándose en la playa.

El niño no comprendió e insistió: Papi, a mi hermanita tampoco se le entiende lo que habla; ¿ella puede comprar juguetes en esa tienda?

Esa misma tarde Mario salió a jugar con dos amiguitos. Estaban en el portal conversando cuando el padre de Mario oyó que uno de ellos dijo:

-Cuando yo sea grande, quiero ser médico. Otro repuso: Pues yo, aviador.

Y sin tener que pensarlo mucho, Mario afirmó ufano: -Cuando yo sea grande, quiero ser "extranjero".

Esta simpática anécdota de la profesora cubana Rosa Dihigo Beguiristain, consignada en la obra Cosas de muchachos que escribió en conjunto con su padre, nos lleva a la reflexión sobre lo que significa ser extranjero. Si bien en algunos lugares implica privilegios y buena acogida, en otros acarrea incomprensión y maltrato. Por eso es singular el caso de Jesucristo, el Hijo de Dios. A pesar de saber de antemano que habría de ser incomprendido, rechazado y hasta crucificado, vino a este mundo, un lugar muy alejado de las comodidades de su hogar celestial, y vivió como uno de nosotros. Abrámosle nuestro corazón y démosle posada permanente. Así, al menos con relación a nosotros, no habrá sido en vano su extraordinario viaje al extranjero.



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