La aparición de la estrella más brillante en el nocturnal cielo de diciembre era el signo principal de la llegada de la Navidad.
En aquellos años de infancia estas fechas simbolizaban la espera del jocoso y tierno señor de la barriga grande. El simpático San Nicolás o Santa Claus con su espesa barba blanca. Los tres reyes viajeros que desde oriente emprendían sin cansancio la travesía guiados por la fe y la mágica estrella.
Sin duda alguna la esperanza en el mayor obsequio que podemos recibir: el nacimiento del Niño Jesús.
Un sueño infantil que se repite años tras año en nuestras vidas. Una fantasía inolvidable que contagia hasta al adulto más serio que exista en este planeta.
La Navidad no tiene que ver sólo con la locura de compras que se desata. Va más allá de nuestro entendimiento superficial sobre esta época.
Navidad es el crecimiento de un deseo. Nace con la vida nueva de ese ser mítico que veneramos. Es el amor cuya visión nos acerca a la perfección divina.
Compartir y respetar son acciones que en estas festividades deben guiar nuestra conciencia. Estos valores nos hacen más humanos con el mundo que nos rodea.
Sin embargo la Navidad ya no es tan blanca. El significado de la Navidad es confuso.
Ahora es motivo para discutir más que para creer.
Las noches de paz se alejan y el desasosiego en muchas parte de la tierra está presente. La pobreza y el hambre son muestras de los tiempos.
¡Oh, blanca Navidad... vuelve, con esa dulce ensoñación!
El mundo lleno de espejismos ha transformado en mercantilista a la sociedad que nos agobia. Esperamos que en esta Navidad se reavive la llama por este nuevo nacimiento del niño bueno, y busquemos la verdad por encima de las vanas apariencias.