OPINION


Bodas de oro, bodas de agua

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Por Hermano Pablo
Reverendo

Él, de ochenta y seis años de edad, se puso su mejor ropa: un traje, una camisa blanca almidonada y una corbata. Ella, también de ochenta y seis años, se puso un vestido azul, zapatos también azules, y todos sus collares y aretes y anillos. Y tomados del brazo, Charles y Clara Buettner, de San Luis, Misuri, caminaron para celebrar sus bodas de oro. Cumplían cincuenta años de casados.

Pero esas bodas de oro fueron también bodas de agua. Porque ambos ancianos caminaron lentamente, en dirección a una piscina. No sabían nadar, y allí se ahogaron todavía tomados del brazo. Habían hecho un pacto eterno de amor.

¿Cómo debemos reaccionar ante tal suceso? Una pareja llega a las bodas de oro en perfecta armonía, con amor inalterable, algo que es casi un milagro en estos días. Pero Charles y Clara estaban enfermos, y no querían morir separados. Juntos habían andado durante cincuenta años, juntos habrían de morir. Nada le debían a la vida; nada esperaban de la vida. Del brazo, como cuando se habían prometido amor eterno ante el altar, se lanzaron a las aguas.

¿Qué ocurriría en nuestra sociedad si el suicidio y la eutanasia se permitieran legalmente? Habría un desplome del valor de la vida, una bancarrota de principios éticos, un descalabro de toda norma moral. ¿Y quién tendría el derecho de aplicar la eutanasia o el suicidio?

Algunos dirán: "Que el derecho lo tenga el Estado." Pero ¿quién es el Estado? ¿Tiene alma acaso, tiene conciencia? ¿Tiene siquiera sentimientos? Otros dirán: "Que sea la ciencia." Pero ¿qué sabe la ciencia de leyes divinas y valores espirituales? Otros dirán: "Que sea el individuo mismo." Pero ¿acaso tiene la vasija de barro más derecho que el alfarero que la hizo?

La fe en Cristo, la obediencia implícita a sus elevadas normas morales, el respeto por la vida que Dios nos ha dado, y la esperanza de que un día el Señor nos hará justicia, son las cosas que pueden elevarnos por encima de los males y de las perplejidades de la vida. Cristo, y no nosotros, debe regir nuestra vida. Sólo entonces tendremos paz.

 

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