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Esta historia pudo haberse desarrollado en cualquier pueblo de la campiña azuerense. Los protagonistas son los esposos Pablo y Evelia, y su hijo Juan. Esta familia habitaba un húmedo rancho, donde se sentía la fe de los que rezan.
Pablo era un hombre que creía fervientemente en Dios, al que le profesaba mucha fe, pero entre rezos y pobreza veía como su pequeño y único hijo, Juan, se debatía entre la vida y la muerte a causa de una extraña enfermedad.
Desde su lecho de frías varas de bambú, era conmovedor escuchar cómo de su boca salían palabras adoloridas. Señal inequívoca de que a ese niño, el mal le estaba arrancando de forma prematura la vida.
La madre, Evelia, desconsolada y conmovida por el sufrimiento de su pequeño hijo, miró fijamente a su marido Pablo, que observaba al niño moribundo y que sólo exclamaba “mamá”.
De un salto, la mujer se aferró al cuerpo de su marido, y le dijo, “nuestro hijo se nos va...” El hombre la abrazó y la llevó suavemente hasta una de las rústicas paredes del gélido rancho, donde la mujer se encontró con un viejo crucifijo, que por mucho tiempo les había acompañado en ese hogar. Lo tomó entre sus brazos, miró al cielo y sacando la poca fuerza que le quedaba, gritó “hay Dios mío, mátame a mí... y deja vivir a mi hijo...”
Pablo era conocido en toda la región como un gran luchador en bien de su familia, muy fuerte y trabajador, pero le aterraba tan sólo pensar que la muerte estaba rondando su rancho.
De pronto, su mirada quedó inerte, porque desde muy cerca, veía que el ser que más quería, al igual que una flor deshojada se le estaba muriendo.
Como señal de desesperación, se colocó las manos en la cabeza, salió por un instante de su rancho, se recostó a un espinoso estacón y recordó las palabras que el médico Cristóbal (médico del pueblo), le había dicho con toda confianza unos días antes, que existía muy poca posibilidad y esperanza de que el niño se le pudiera quitar aquel terrible dolor.
Les había adelantado el galeno, que lo mejor que podían hacer él y su mujer, era resignarse porque los medicamentos eran demasiado caros. Con un “lo siento, pero la verdad tiene que ser clara, y sé que ustedes no tienen dinero”, les dijo el médico Cristóbal.
Eran momentos de espanto, de horror, por lo que este matrimonio estaba pasando, y es que a cualquiera le espanta verse en tan terrible situación. Era tan agobiante aflicción que Pablo sintió que se le hacían nudos en su garganta.
Mientras las horas pasaban, este hombre llegó a sentir que su corazón estaba como atado con cadenas, aumentando aún más sus penas y dolores, y es que para el colmo de sus males, ese día era nada menos que la víspera de la Nochebuena.
Y así fueron pasando las horas para que llegara la Nochebuena, razón por la que le vino a la mente, un día que tocando con su hijito, éste le susurró en su oído, llorando, pero de manera muy humilde y sencilla: “hay papito como usted nota, no tengo zapatos, menos voy a tener botas. No quiero que usted me compre nada de esas cosas, sólo dígame si me puede comprar una pelota. Si me la consigue papito, le prometo hacer todo lo que usted me diga”.
LA LLEGADA DE UN DESCONOCIDO
El sol comenzaba a ocultarse dejando ver sus últimos rayos que se perdían en la azul lejanía, para darle paso a lo que sería la Nochebuena. Pablo, quien deambulaba por los alrededores de su rancho, a una cierta distancia observó que por el lodoso camino se acercaba un desconocido, parecía un mendigo, pero con ropas de campesino; Pablo le salió al encuentro para saludarlo.
Al estrechar la mano del mendigo, cual fue la sorpresa, éste tenía las manos tan frías que Pablo sintió que traspasaba las suyas. De inmediato, se dio cuenta que a ese señor todo el cuerpo le temblaba, por lo que le dijo: “adelante mi amigo, lo invito a mi casa, no tengo mucho que ofrecerle, pero allí con un poco de calor podrá pasar bien la noche”.
De la mano lo tomó para llevárselo al rancho. Al llegar, la buena de Evelia lo recibió con amabilidad y respeto, ofreciéndole una tasa de café caliente, y hasta un pedazo de tortilla de maíz blanco, ambos le mostraron cariño y se afanaron a brindarle lo mejor para que ese desconocido se sintiera como en su propia casa.
A este mendigo le llamó la atención aquel niño que estaba enfermo, se le acercó y posó su mano en la frente.. “Y como si fuera obra de Dios, el niño de inmediato quedó hablando y sonriente”.
“No quedó ninguna duda, que ese fue Dios Omnipotente, que con esta sufrida familia quiso probar caridad, y aunque muy pobres vivían demostraron practicar con los demás mucha bondad”, y fue por eso que ese mendigo les concedió a estos esposos tan nobles, el regalo más hermoso en esa noche que era precisamente “la noche de Navidad”.
MORALEJA: Fui a tu casa y no me invitaste a entrar. Tuve sed y no me diste de beber; Me viste hambriento y no me diste de comer. Me viste desnudo y no me ayudaste a vestir. “Pero Señor, si yo jamás te he visto pidiéndome algo”. Pero has visto a tus hermanos que son mis hijos, y en cada uno de estos olvidados de la fortuna, estoy yo. “Palabra de Dios”. |