Miércoles 16 de dic. de 1998

 








 

 


MENSAJE
Pirañas que devoran

Hermano Pablo
Costa Mesa, California

A veces la prensa internacional nos trae noticias muy raras. Daniel Torrijos, banquero boliviano, había ido de vacaciones a Sao Paulo, Brasil. Todo había resultado bien: las vacaciones habían sido buenas, Sao Paulo había sido encantadora, y Daniel y su familia estaban felices.

Un amigo suyo, médico que tenía a su cargo un laboratorio en Bolivia, le había encargado unas pirañas. Al regreso a su patria con el cargamento de pirañas, en el último hotel de la frontera todo le resultó mal. La comida estaba desabrida, la cama dura, y la atención descortés.

Siendo de temperamento violento, y no pudiendo soportar tantas contrariedades, aquel médico se desquitó volcando el tanque de doscientas pirañas en la piscina del hotel. La piraña está demás decirlo, tiene una voracidad increíble. Y posee unos dientes filosos con que desgarra cualquier cosa. Cuando un cardumen de pirañas ataca, en pocos minutos deja el esqueleto nada más. No fue liviana la venganza del banquero. Afortunadamente, aunque algunos bañistas fueron mordidos, todos pudieron escapar con vida.

Yo no puedo menos que pensar, hieren y destruyen. Entre ellas sobresalen la calumnia, el chisme, la difamación. Estas son pirañas capaces de agarrar una comunidad cualquiera y en poco tiempo dejar los huesos pelados. Pueden destruir toda confianza y toda credibilidad, como también todo compañerismo, toda amistad.

Otras pirañas que devoran y destruyen son las palabras ofensivas. Los psicólogos advierten que el daño que las ofensas producen en la mente y en el alma de las personas, especialmente de los niños -y peor todavía si son los nuestros-, es muchas veces irreversible. Es un daño que no se puede corregir.

El apóstol Pablo aconsejó: "Eviten toda conversación obscena. Por el contrario, que sus palabras contribuyan a la necesaria edificación y sean de bendición para quienes escuchan" (Efesios 4:29).

Jesucristo nos dio a conocer la causa de este mal cuando dijo: "De la abundancia del corazón habla la boca" (Mateo 12:34). Si hemos estado destruyendo el alma de nuestros amigos o de nuestra familia con palabras descuidadas, pidámosle a Dios un corazón nuevo. El cambia el corazón, y con eso limpia la mente, purifica el pensamiento y ennoblece el habla. El quiere darnos un corazón nuevo ahora mismo.

 

 

 

 

 

CULTURA
El conde de Monte Cristo fue inspirado por un archivista de la policía

 

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