Miércoles 16 de dic. de 1998

 









 

 


FAMILIA
La guerra contra las drogas

James A. Inciardi

Si bien el uso de opiáceos en sus diversas formas ha sido común a lo largo de la historia de Estados Unidos, su manifestación habitual y más típica -el uso endovenoso de heroína- aparentemente se desarrolló durante los años treinta y se volvió generalizada después de 1945. Entre 1950 y principios de los sesenta, la mayoría de las principales ciudades experimentaron una difusión de bajo nivel del consumo de heroína, especialmente entre los negros y otras poblaciones minoritaras. De allí en adelante, el consumo empezó a creer rápidamente, llegando a su pico máximo a fines de los sesenta, cayendo luego abruptamente. El modelo era tan ubicuo que empezó a considerárselo un consumo epidémico de heroína. Epidemia más recientes se produjeron en 1973-1974, 1977-1978 y 1982-1983, definidas como tales sobre la base del número de nuevos ingresos en las instituciones para tratar la adicción a la heroína. Curiosamente, sin embargo, nadie realmente sabía cuán generalizado estaba el consumo de heroína en esos años.

A lo largo de los años sesenta, la Oficina de Narcóticos del Departamento de Hacienda periódicamente anunciaba el número de adictos activos a los narcóticos en Estados Unidos. El 31 de diciembre de 1967, por ejemplo, el número llegó a 62.045. Esta cifra -no 60.000 üo 65.000 sino 62.045- sugiere una precisión considerable. Los muchos investigadores del abuso de drogas, clínicos y miembros de los grupos encargados de hacer cumplir la ley de la ciudad de Nueva York, encontraron, sin embargo, sospechosa la estimación, dado que por su experiencia el problema de la heroína era mucho mayor. De hecho, un consumidor de heroína del Harlem de Nueva York afirmó en chiste que "... hay más drogadictos que ésos sólo en mi cuadra".

Las sospechas estaban justificadas, por cierto, pues la cifra de la oficina se basaba casi exclusivamente en informes de departamentos de policía locales. Nueva York tenía su propio archivo de ese tipo en el momento, el cual informaba casi el doble del número de casos nuevos que señalaba la oficina nacional en el mismo año. En un intento por introducir algo de racionalidad científica en las estimaciones de la prevalencia de la heroína, en 1969 John C. Ball, de la Universidad Temple, y Carl D. Chambers, de la Comisión de Control de Adicción a los Narcóticos del Estado de Nueva York, combinaron datos de los archivos de Nueva York y de la Oficina Nacional de Narcóticos con cifras suministradas por las instituciones de tratamiento de drogas de Lexington, Kentucky y Fort Worth, Texas. A través de una compleja serie de proporciones y factores de corrección llegaron a la cifra de 108.424 adictos a la heroína para el año 1967. Inclusive Ball y Chambers, sin embargo, no confiaban totalmente en su estimación, pues eran agudamente conscientes del número potencialmente vasto de casos no informados.

En 1970, usando metodología de investigación científica, los estudios cruzados de la población en general finalmente llegaron al campo de la droga. Como indicadores del consumo de heroína, sin embargo, los datos eran una desilusión.

Se sabía al comienzo que las investigaciones de la población en general sólo podían llegar a las poblaciones más estables instaladas en sus casas, excluyéndose así los residentes de las prisiones y las penitenciaria, las instituciones mentales, los trabajadores migratorios, los que carecían de casa, los residentes en los hogares de beneficencia y los albergues de bajos fondos y las pensiones, otros que vivían en las calles y los miembros de la subcultura de la droga que no tenían lugares de residencia estables o que prototípicamente estaban fuera de ellos.

 

 

 

 


 

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