FAMILIA
La guerra contra las drogas
James A. Inciardi
Si bien el uso de opiáceos
en sus diversas formas ha sido común a lo largo de la historia de
Estados Unidos, su manifestación habitual y más típica
-el uso endovenoso de heroína- aparentemente se desarrolló
durante los años treinta y se volvió generalizada después
de 1945. Entre 1950 y principios de los sesenta, la mayoría de las
principales ciudades experimentaron una difusión de bajo nivel del
consumo de heroína, especialmente entre los negros y otras poblaciones
minoritaras. De allí en adelante, el consumo empezó a creer
rápidamente, llegando a su pico máximo a fines de los sesenta,
cayendo luego abruptamente. El modelo era tan ubicuo que empezó a
considerárselo un consumo epidémico de heroína. Epidemia
más recientes se produjeron en 1973-1974, 1977-1978 y 1982-1983,
definidas como tales sobre la base del número de nuevos ingresos
en las instituciones para tratar la adicción a la heroína.
Curiosamente, sin embargo, nadie realmente sabía cuán generalizado
estaba el consumo de heroína en esos años.
A lo largo de los años sesenta, la Oficina de Narcóticos
del Departamento de Hacienda periódicamente anunciaba el número
de adictos activos a los narcóticos en Estados Unidos. El 31 de diciembre
de 1967, por ejemplo, el número llegó a 62.045. Esta cifra
-no 60.000 üo 65.000 sino 62.045- sugiere una precisión considerable.
Los muchos investigadores del abuso de drogas, clínicos y miembros
de los grupos encargados de hacer cumplir la ley de la ciudad de Nueva York,
encontraron, sin embargo, sospechosa la estimación, dado que por
su experiencia el problema de la heroína era mucho mayor. De hecho,
un consumidor de heroína del Harlem de Nueva York afirmó en
chiste que "... hay más drogadictos que ésos sólo
en mi cuadra".
Las sospechas estaban justificadas, por cierto, pues la cifra de la oficina
se basaba casi exclusivamente en informes de departamentos de policía
locales. Nueva York tenía su propio archivo de ese tipo en el momento,
el cual informaba casi el doble del número de casos nuevos que señalaba
la oficina nacional en el mismo año. En un intento por introducir
algo de racionalidad científica en las estimaciones de la prevalencia
de la heroína, en 1969 John C. Ball, de la Universidad Temple, y
Carl D. Chambers, de la Comisión de Control de Adicción a
los Narcóticos del Estado de Nueva York, combinaron datos de los
archivos de Nueva York y de la Oficina Nacional de Narcóticos con
cifras suministradas por las instituciones de tratamiento de drogas de Lexington,
Kentucky y Fort Worth, Texas. A través de una compleja serie de proporciones
y factores de corrección llegaron a la cifra de 108.424 adictos a
la heroína para el año 1967. Inclusive Ball y Chambers, sin
embargo, no confiaban totalmente en su estimación, pues eran agudamente
conscientes del número potencialmente vasto de casos no informados.
En 1970, usando metodología de investigación científica,
los estudios cruzados de la población en general finalmente llegaron
al campo de la droga. Como indicadores del consumo de heroína, sin
embargo, los datos eran una desilusión.
Se sabía al comienzo que las investigaciones de la población
en general sólo podían llegar a las poblaciones más
estables instaladas en sus casas, excluyéndose así los residentes
de las prisiones y las penitenciaria, las instituciones mentales, los trabajadores
migratorios, los que carecían de casa, los residentes en los hogares
de beneficencia y los albergues de bajos fondos y las pensiones, otros que
vivían en las calles y los miembros de la subcultura de la droga
que no tenían lugares de residencia estables o que prototípicamente
estaban fuera de ellos.


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