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La semana pasada se me quedó olvidado en la mochila un obsequio. Me lo dio el poeta Héctor Collado Mendieta para su madre, y yo de muy babieco no lo publiqué. Por fortuna, los buenos amores no toman en cuenta los horarios de entrega, y menos si se trata de mamá, cuyos afectos vencen al tiempo y a la tumba. Por eso lo publico hoy, rogando a Héctor y a la reina de sus días, me disculpen por la espera.
MADRE Dos veces mujer Mi madre viene, vuelve a la mesa,/ se sienta conmigo mojando con una sonrisa mis labios/ mientras su presencia se hace cierta, se hace grande,/ late como la flor que le extiendo este diciembre. Mi madre triste me sirve un plato de arroz triste,/ y yo devoro en el recuerdo todos los granos de mi infancia.
Cada cucharada es salada por la tristeza de la casa/ y un vaso melancólico me seca/ la pesadumbre agolpada en la garganta.
Ella me lanza desde el fondo de la risa/ su alegría desdentada, feliz de tenerme en casa,/ orgullosa del amor que compartimos/ en viejas anécdotas repetidas, siempre nuevas.
Yo la miro con la ceguera de quien ve/ a través de las cosas y la adivino linda/ debajo de sus canas, detrás de cada arruga.
-¿Estás ahí?- Me indaga con una voz de raspadura/ y me devuelve, con su tierna ancianidad a la mesa, al plato solitario,/ a la sed del vaso triste, al pie descalzo de la infancia/ de la rodilla rota y el pantalón rasgado.
-¿Estás ahí?- Me interroga, con una voz alucinante/ mientras seca los platos en la cocina,/ y el niño que todavía soy busca su voz en el aire y los besos vuelan/, buscando la estrella de su frente,/ la flor de su mejilla ruborizada.
El aroma del café hace travesuras por el patio/ reviviendo lo que toca con su aliento. Mi madre, otra vez, extiende su brazo,/ y yo bebo de su mano la ternura de aquel gesto.
-¿Estás ahí?- Pregunta mi madre, que no se cansa de ser madre,/ -Es decir, mujer dos veces-,/ como no se cansa de repartir entre muchos/ cariños, panes, bendiciones/ por que sólo sabe dar. Es su fe, su mandamiento, su ley de vida.
La casa vuelve a mí un día de lluvia: las ventanas siguen abiertas a los cuatro vientos;/ las puertas gritan de euforia por mi retorno,/ y mi camisa empieza a empaparse,/ mientras celebro en su pecho la fiesta de su maternidad/ la alegría de haber nacido, la belleza de estar vivo.
¿Estás ahí? Le susurro en el oído. Y me acerca el vaso de su risa una vez más. |