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Julio Dely Valdés en el París Saint German.  |
Estos dos hermanos, Julio y Jorge Dely Valdés, desde niño y contrario a Armando que le gustaba el fútbol, eran destacados en el béisbol, al punto que llegaron a formar parte de la selección juvenil de Colón, con una participación muy recordada por sus compañeros de juventud.
Al retornar a Panamá el mayor de los tres por su trayectoria en Sudamérica, se presenta con la idea de llevarse a los "mellos" para que se abrieran camino en el exterior, donde las oportunidades estaban esperándoles.
Fue entonces cuando Armando manifiesta a su padre el deseo de irse con Jorge y Julio, pero don Viviano quedaba entre la espada y la pared, porque tenía que escoger a uno de los dos para que acompañara a su hermano. Esta situación fue algo difícil e incómoda, comenta Viviano, quien al final de cuentas decide autorizar a Julio, a lo que Armando preguntó por qué no a Jorge.
"Tú me dices que cuando estas allá en un baile te pellizcan porque eres el más negrito, si se lo hacen a Jorge el se va a volver una vaina y pellizcará a varios; sin embargo, Julio sí sabe disimular", respondió el padre.
Es así como a Armando lleva a Julio y se lo presenta a un señor de apellido Isola, quien lo ingresa al Paraguay, donde anota cerca de 28 goles, cotizándose en el fútbol.
Cuando intenta entrar al Argentino Junior, sus directivos decían que Julio servía más para jugar baloncesto y el muchacho calla, sin decir media palabra. "Yo le decía que él no podía ir con el nombre de Armando, que tenía que hacer el suyo, el de Julio César Dely", dijo Viviano.
Según comenta el hombre que veía la superación de sus hijos casi simultáneamente, en el estadio, los argentinos tenían por costumbre insultar a Julio, pero cuando éste metía un gol, los aplausos y gritos de alegría eran sinónimo que reconocían el talento del "canalero", como algunos lo apodaban.
El éxito de Julio en Argentina facilita su llegada a Montevideo, donde los directivos del Nacional sabían que traían a un jugador que era oro en bruto para su equipo, aceptándolo de inmediato por la suma de B/.60 mil.
Al siguiente año, Jorge tiene su oportunidad, viaja a Paraguay donde ya con el respaldo de Julio las cosas eran más fáciles para los dos, contrario a Armando que al irse por primera vez, se encontraba solo en el cono sur.
Con su cabello blanco, Don Viviano demuestra más que vejez, experiencia en la universidad de la vida, la que enseña día a día, con tropiezos, pero exigiendo continuar los esfuerzos para lograr su propio destino. Julio en el Nacional hizo un extraordinario trabajo y cuando se vende en el fútbol internacional lo hacen por B/.5 millones.
La permanencia de sus hijos en el exterior permite a Viviano ir a Montevideo, donde es entrevistado por un periodista que pregunta por cual de los equipos se iba, el Peñarol o en Nacional, y él se declaró neutral.
Otra situación que provocó el disgusto del padre, fue cuando estando Julio en el Nacional, el se va con Armando al Peñarol, y el dirigente del primer club, de apellido Dagata, conversa seriamente con Don Viviano reclamando su actuación debido a que ambos equipos no son rivales.
Cuando Dagata cuestiona a Dely padre, este casi lo descuaderna con su respuesta firme y decidida: "Ustedes nunca me dijeron qué debía hacer o decir cuando llegara a su país, si me hubieran dicho que existían condiciones, yo estaría en mi país sentado, porque sumiso jamás", exclamó.
Esta respuesta fue todo para que Dagata respetara a la familia Dely Valdés. Así se inicia conversaciones con el propio presidente del Club, quien sin pensarlo dio su firma para que Julio jugara en Europa y Jorge se fuera a Chile.
Viviano Dely Ayarza dice que no se puede sentir orgulloso. Su razón es sencilla, porque él sabe lo que es pasar hambre y nadie que haya sentido esa necesidad, puede estar orgulloso.
"Me siento satisfecho y lo reitero, por el trabajo de mis hijos", confiesa. Recomienda a todo aquel que tenga la oportunidad, no desperdiciarla, porque en la vida nada es fácil.
El olor a pescado frito en la residencia de la familia Dely Valdés, ubicada en Vereda Tropical, fue tal vez la razón por la cual mientras esperaba el almuerzo, Don Viviano concede a Critica Libre conocer como se iniciaron sus hijos, en el patio de los edificios de la calle 16 avenida Meléndez, donde las ventanas de los vecinos eran destrozadas por el impacto de las pelotas de los hoy grandes futbolistas.
La familia Shebelut, Ruiz y otras eran las que constantemente tenían que remplazar los cristales de sus ventanas, porque esa fiebre por el deporte no dejaba que los Dely Valdés dejaran pasar un día sin jugar.
En el caso de Armando, Julio y Jorge, la cosa era otra, se trataba de los hijos de una familia colonense que hoy no ha perdido la humildad, a pesar de las comodidades. "Después de todo, yo no sé quién les enseñó fut, si nunca he jugado eso", puntualizó entre risas Viviano. |