De pie en un atestado autobús urbano, regresaba a su hogar una señora tras un día de fatigosa labor. Mientras recorría las calles llenas de baches, el vehículo oscilaba violentamente, de modo que para mantener su equilibrio, la señora se sostuvo de una barra metálica.
"Señora -le dijo uno de los pasajeros, -perdone, pero me tengo que bajar aquí." Sólo entonces se dio cuenta de que se había estado apoyando en un tubo que aquel pasajero había sostenido verticalmente con el fin de no incomodar a los demás. ¡Se había sentido tan segura, aferrada a un apoyo inseguro!
Al igual que esa pobre señora, que se puso tan roja como el sol de un atardecer de primavera, también nosotros ponemos nuestra confianza en apoyos inseguros. Los apoyos nuestros suelen ser la salud, el trabajo, las riquezas y el prestigio. ¿Cuántos no hay que se apoyan en su salud, tanto que parece que ni se les ocurre que pueden perderla en un instante?
De igual modo, hay quienes se apoyan en su trabajo. Se dice que los hombres en particular derivan hasta su amor propio del empleo con el que se ganan la vida y sostienen a su familia.
Otros, a los que generalmente consideramos los más afortunados, se apoyan en sus riquezas. Llegan a confiar tanto en su dinero que si escasea no saben cómo vivir.
Por último tenemos a los que se apoyan en el prestigio. Si llegan a perder su buena fama o su influencia, ya sea por razones sociales, políticas o económicas, se sienten tan desprestigiados que es como si carecieran de valor alguno como seres humanos.
Lo que todas estas personas desconocen es que hay un solo apoyo seguro en este mundo. Ese apoyo es Dios nuestro Creador. Cuando Él nos diseñó, quiso mantener una relación personal con nosotros, así que nos hizo de tal modo que necesitáramos apoyarnos en Él para poder sentirnos totalmente seguros.
Más vale que reconozcamos que ese apoyo divino está a nuestro alcance todo el tiempo y no sólo cuando nos sentimos desesperados, con nuestras ilusiones derrumbadas y nuestros planes frustrados. Aferrémonos a ese apoyo permanente que es nuestro Dios, tanto en las bonanzas como en las tormentas de la vida.