Son muchas las personas que intentan darle un nuevo giro a sus vidas por sí solo, pero no lo logran. ¿Saben por qué? El ser humano, si no busca la ayuda de Dios, podrá cambiar, pues somos seres humanos vulnerables y por tanto nos dejamos arrastrar por nuestras emociones; especialmente la ira.
Hay distintos tipos de ira. Por ejemplo, a veces la ira proviene del egoísmo o de las sospechas infundadas. En otros casos se trata de un tipo de ira que a veces contamina el espíritu y el intelecto por muchos años, y explota ante la más mínima provocación. A esto le llaman "ira desplazada", pues su verdadera causa a menudo permanece oculta.
Es obvio que se comete una injusticia al hacer a la otra persona, el blanco de nuestra ira injustificada. Sin embargo, en muchos casos la ira que sentimos está justifica. Es para nosotros un mecanismo de defensa, un modo de tratar de impedir que los demás continúen hiriéndonos.
La ira nos impulsa a pecar: "...Cohíbe la ira, reprime el coraje, no te exasperes, y no obrarás mal..." (Salmo 37: 8) "...Sea cada cual pronto para escuchar, lento para la ira, porque la ira del hombre no produce la rectitud que Dios quiere." (Santiago 1: 19-20) "El colérico atiza las pendencias, el iracundo multiplica los crímenes." (Proverbios 29: 22)
Dios nos dice que debemos deshacernos de nuestra ira, la cual es un gran obstáculo a nuestra santificación e inclusive a nuestras relaciones humanas: "...Ahora en cambio, despójense de todo eso: cólera, arrebatos de ira, aversión, insultos y grocerías, ¡fuera de su boca!" (Colosenses 3: 8) "Si se indignan, no lleguen a pecar, que la puesta del sol no les sorprenda en su enojo, no dejen ocasión al diablo." (Efesios 4: 26)
No debemos dejarnos vencer por el mal, sino que venzamos el mal con el bien. Esto quiere decir que no devolvemos las ofensas ni nos vengamos por ellas, sino que devolvemos bien por mal; y esto lo podemos hacer a través del amor de Dios actuando en nosotros. Ese amor nos ayudará a disipar nuestra propia ira y la de los demás.