Saboreaba una exquisita berenjena en un agradable restaurante en Volcán cuando aparecieron en mi mente las palabras de mi madre: "Come berenjenas que son muy sanas...".
Me sonreí y pensé: "Si me viera con qué gusto estoy comiendo el alimento que tanto rechazaba, se pondría celosa del chef".
La verdad es que los panameños somos afortunados de tener un campo tan pródigo, porque en esta madre tierra nuestra hasta la semilla más pequeña fructifica. Lástima que los costos para el sencillo campesino, son tan grandes que pensar en la compra de abonos y otros insumos lo han impulsado a dejar atrás el semillero de alimentos para irse a pasar páramos a la urbe citadina.
Hoy sus hijos muy poco conocen cómo cultivar esta tierra llena de riquezas. En su mayoría han preferido otras actividades que de acuerdo a los tiempos le den prestigio: abogacía, arquitectura, etc. La campiña es buena para veranear. Contar a los pocos que aprecian ensuciar sus manos con el terruño las "odiseas" y no las peripecias que viven en la competitiva existencia urbana, donde muchas veces el ser humano se despersonaliza ante la fugaz quimera de poder, fama e ilusiones vanas.
Nadie niega a otro que pruebe suerte en la ciudad, pero la ingrata realidad de una canasta básica familiar cada vez más incomprable debe hacer reflexionar al gobierno para que su apoyo al campesino sea inmediato. Con reglas claras en el manejo de inversión en una empresa que debe ser rentable para quienes viven y nos alimentamos del trabajo honrado del campesino humilde, no sólo de los poderosos terratenientes.
Terminé de disfrutar mi riquísimo plato de berenjenas, sin dejar de agradecer a mi madre el buen consejo para que consumiera el sano alimento... por supuesto, acordándome del sabio agricultor que continúa labrando el campo y apreciando el valor de la tierra istmeña.