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A ORILLAS DEL RIO LA VILLA
Madres

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Santos Herrera

En este pueblo, las madres han sido muy responsables en la crianza de sus hijos, me dijo el anciano, blanco como un sol apagado, pero radiante de sabiduría. Después de breve pausa cierra sus ojos, como para encender las luces de la memoria y me dice: Rosa fue una madre como ninguna. Su esposo, marinero de oficio, partió una madrugada del puerto El Agallito y se quedó para siempre en una cantina en Buenaventura, Colombia. A la mujer le dejó seis cachorros con apenas un año de diferencia cada uno. Y esa madre se convirtió en una tigresa que con celo y valentía se enfrentó al hambre, a las enfermedades, a la miseria, haciendo trabajos que sólo hacían los hombres, como fueron ordeñar vacas ajenas por unos cuantos reales, sembrar y cortar arroz, sacar sal de costra en la albina, llevar quesos y chorizos a Panamá en las chivas gallineras, lavar ropa ajena, en fin, esa madre sí fue bellaca, enfatizó el noble viejo. Vuelve otra pausa y me cuenta:

Otra madre amorosa fue Sofía. Cuando era muy joven, su hijo enfermó de tuberculosis y los médicos de aquel entonces, a falta de cura, lo mandaron para su casa, recomendando un aislamiento total por lo contagioso del bacilo. Nadie pisaba esa vivienda. La madre jamás se apartó de su hijo enfermo, que en su postración, quería morirse para no enfermar a nadie. No obstante, su progenitora, para demostrarle que no era así y darle ánimo, compartía con él los alimentos en el mismo plato y con la misma cuchara. El abuelo para. Silencio. Cierra los ojos y pareciera que tirara un anzuelo al fondo oscuro de su mente, con el propósito de pescar otro recuerdo de una madre sacrificada y de repente habla: Sí, Gumercinda, la joven y bella caompesina que una maestra trajo como empleada doméstica y al poco tiempo un villano del pueblo la engañó y le hizo un hijo.

Ella más nunca tuvo varón y se dedicó por entero a trabajar como empleada en el día, aplanchar ropa ajena hasta altas horas de la noche y en la madrugada hacía tortillas y empanadas que el niño vendía. Pero no fueron en vano sus sacrificios, pues logró graduarlo de médico.

Después del diploma, ella se apagó como un candil. Y sin pausa expresa el viejo: Catalina fue otra madre ejemplar. Su hijo en una mala hora mató a su mujer que lo traicionaba y por eso lo condenaron a veinte años de cárcel. Ella, durante ese tiempo, sin faltar un día, a pie, le llevó el desayuno, almuerzo y cena a la prisión. Bajo el sol o la lluvia, siempre se veía su frágil figura con la portavianda y el fardo. Muy cerca tengo a mi madre, María, que está arañando los noventa años, con sus ojos sin luz, en una silla de ruedas, víctima de la arteriosclerosis. Ella fue una madre trabajadora y buena, que haciendo huevitos de leche, chorizos, quesos y atendiendo con responsabilidad sus quehaceres en el hogar, ayudó a nuestro padre, para que sus cinco hijos obtuviéramos un título universitario. Así tranquila, sin quejas ni protestas, nos alumbra el camino y sigue siendo fuente de inspiración que nos fortalece en el bregar diario.

 

 

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