Viernes 6 de diciembre de 2002

 

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007 Otro Día Para Morir

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Eliécer Navarro
Crítica en Línea

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Si tratas de meterle cráneo a la última de Bond, corres el peligro de que se te reduzca el coeficiente intelectual.

Hace ya décadas que las tramas de James Bond dejaron de tener sentido o hilación lógica. Y no es que nadie estuviese esperando una película contendora al Oscar, pero sencillamente las escenas de Otro Día Para Morir se desarrollan sin conexión alguna con la anterior. Son sencillamente una excusa para preparar la próxima secuencia de acción.

Dado lo confuso de la trama, sería imposible tratar de explicarla. Pero para que tengan una idea, hay diamantes, militares norcoreanos, un traidor, y (adivinen) un complot para conquistar el mundo.

Hay muchos factores para juzgar a las películas: factor drama, factor acción y factor actuaciones, entre otros. Pero a la última cinta de Bond sólo se le puede juzgar positivamente por el factor bates; y bates es lo que hay más que nada.

Todos sabemos lo que es un bate: es el panameñismo para definir una situación o hazaña extraordinaria que define todas las leyes de física y probabilidades. En la vida real esto sería un milagro. Pero en las películas es sencillamente un bate.

Esta es la vigésima cinta de la serie, y para estas alturas ya está confirmado que no hay nada en el mundo que James Bond no pueda hacer. Ya sabemos que domina todas las armas; se sabe todas las artes marciales; esquía; bucea; maneja todo tipo de vehículo aire, mar y tierra; es levantador de mujeres, y ha podido beber todo el martini que ha podido durante mas de 40 años sin que le haya dado cirrosis.

Ahora, en Otro Día Para Morir, sabemos que Bond surfea. Y no las olitas de Playa Venao, sino monstruos de 30 metros provocados por el desprendimiento de un glaciar.

Puede deducirse que una de las mayores preocupaciones de los realizadores de Otro Día Para Morir fue la de qué bates podían inventar que superaran a los de la recientemente estrenada xXx. Y aunque al final logran este cometido, esta cinta termina siendo tan incoherente como la de Vin Diesel.

Pierce Brosnan ha hecho méritos suficientes como para ser considerado el mejor 007 después de Sean Connery. Sin embargo, aquí se limita a dar la interpretación estándar de Bond: peleas, persecusiones, balaceras y las escenas sexuales de rigor, siempre tirando un ingenioso pregón que se aplica perfectamente a la situación.

Lo mejor de la película se llama Halle Berry, quien hace el papel de la espía estadounidense Jinx, aunque nunca puede entenderse cuál es la función de su personaje en la película. De todos modos, un par de escenas más en bikini le hubieran aumentado considerablemente la calificación a la película.

Otro de los escasos puntos a favor es que se dan giros a los acostumbrados "clichés" y pregones de Bond, aunque hacen poca diferencia en el resultado final.

Los estadounidenses tienen un refrán (que es más bien un consejo) para películas como esta: "Antes de verla, deja el cerebro fuera del cine". Si tratas de meterle cráneo a la última de Bond, corres el peligro de que se te reduzca el coeficiente intelectual.

 

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