"En Colón sólo hay muertos y en El Chorrillo puras armas", fue la expresión de un niño de ocho años sobre estos lugares. Me sorprendió por la imagen que tiene de percibir la violencia que afecta a nuestro país. El pequeño se acercó a mí, al escuchar la conversación que tenía con un familiar acerca de los bellos paisajes que he conocido en esta provincia del Atlántico panameño.
Con su firme descripción sobre la realidad de estas comunidades, casi me deja sin argumentos. Me recuperé del asombro y volví a insistirle que Colón y El Chorrillo no eran muertos y armas. Hablé sobre la gente trabajadora y estudiosa que vive en esos sitios. Que eran buenas personas, pero como si yo mintiera volvió a repetirme lo mismo.
"Es que tú no ves la televisión y la radio. En el periódico siempre salen esas fotos", me dijo con fuerza. No tuve más remedio que callarme por un momento.
Una cruda verdad que se apodera de la tranquilidad ciudadana. Recordé las vivencias de los panameños al hablar de sus tragedias en estos rincones patrios. Cierto es que los medios de comunicación a diario reflejan lo que acontece en la sociedad. Sitiados por el dolor, el temor, el horror de asesinatos y rencillas entre maleantes.
Vi nuevamente el conjunto de parques que componen La Alameda colonense, vino el rico olor del pescado frito con patacones de El Chorrillo, la alegría y tradición de Portobelo. El camino hacia este poblado repleto de cangrejos. El entusiasmo de la gente del barrio apoyando a Avelino.
Por eso creo en el valor de luchar por nuestra seguridad. De respaldar a la población que quiere aportar con respeto a recuperar lo que nos han sitiado.
Mirar los buenos vecinos encarcelados dentro de sus casas porque las balas vuelan libres como los pájaros, no es la solución más justa para evitar el crimen organizado. Es hacerse cómplice del delito.
No aceptemos estar sitiados. Colón, El Chorrillo y el país entero deben rechazar este abuso. Que no sean armas asesinas las que impongan la ley.