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A ORILLAS DEL RIO
LA VILLA
Pobres

Santos Herrera
Según los economistas, una familia es pobre cuando sus ingresos apenas alcanzan para sobrevivir, satisfaciéndose solamente las comodidades mínimas. Y son de extrema pobreza aquellas cuyos ingresos diarios no cubren las necesidades básicas de subsistencia, lo que significa, en otras palabras, que esa familia sufre hambre crónica porque no tiene la capacidad económica para satisfacer las necesidades fisiológicas de las tres comidas diarias y mucho menos para disfrutar de las más elementales condiciones higiénicas y materiales que le permita una vida aceptable. Este problema se hace más patético y doloroso cuando la población que en la actualidad ocupa el territorio nacional, es un poco más de dos millones y medio de habitantes, por lo que los números demuestran con sangrante frialdad, que más del 90% de los panameños, están viviendo dentro de un profundo océano de pobreza. Dichas condiciones disminuyen el derecho que tiene todo humano a ser feliz con los suyos dentro de una sociedad sana y justa. La cifra arriba anunciada confirma con explosivo dramatismo que más de medio millón de familias panameñas, viven diariamente bajo un estricto presupuesto, que a duras penas alcanza para lo indispensable. El ingreso familiar tiene que estirarse de tal manera, que a veces pareciera que quien lo maneja es un mago o un santo milagroso. Y cuando un hijo requiere la compra de un libro que necesita para sus estudios, un par de zapatos o de zapatillas, o se enferma y hay la necesidad de comprar las medicinas que mermen su sufrimiento; entonces se viven momentos de angustia, ya que esos gastos adicionales no pueden satisfacerse porque no se cuenta con el dinero para cubrirlos. Desde el inicio de la quincena, se tiene repartido el sueldo, que desde hace años se mantiene estático, mientras que las necesidades del hogar, con la demanda que exige el crecimiento natural de la familia, siempre está en ascenso. La existencia de esos miles de hogares panameños es un verdadero calvario que dura las 24 horas de todos los días, de todos los años, predominando por consiguiente la inseguridad y la desesperación. Sin embargo, para el 95.46 de la población indígena, la situación es mucho más crítica y deplorable. Estas no tienen ingreso fijo alguno y viven en la más deshonrosa pobreza. Son parias en su propio suelo. Son los que se acuestan pidiendo un pedazo de pan y despiertan con el dolor que causan las garras del hambre cuando aprisiona el estómago. Son los que constituyen el ejército de los desnutridos, famélicos, enfermos. Los miserables que hacen huérfanos de esperanzas. Los olvidados. Los de abajo. Los que nada tienen. Son miles y miles de panameños abandonados en el campo y en la ciudad por todos los gobiernos. Para ellos no hay una mirada redentora ni tampoco una esperanza salvadora. Nadie se preocupa por la suerte de esos panameños que por ser pobres viven en la más bochornosa miseria, en un submundo oscuro y doloroso.
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