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He de dar marcha atrás a las viejas y pálidas páginas del obsoleto libro del recuerdo, arrancando con violencia hechos que rememoro con absoluta pasión; presentando al momento anécdotas a las que me he empeñado en olvidar, pero las casillas agrietadas de mi memoria, me obligan con insistencia a conmemorar con mi yo interior, las abyectas penurias padecidas que provocan un forcejeo trastornado de ideas en constantes estampidas. Es el acoso del cual es víctima el cerebro, como consecuencias del bullir ingenioso que irrumpe en el pensamiento con la vehemencia de un tornado montado en cólera.
Pensé por un instante en los médanos cambiantes de mares remotos, habían cubierto plácidamente los sinsabores de sucesos ya fenecidos. A cierta edad de la vida todo encuentro con el pasado se torna anormal, poseyendo el trasfondo de una pesadilla enloquecida; son las incertidumbres que se originan en lo que se fue para nunca más volver.
Pero una gran sombra nos ampara, la que proyecta el sagrado madero donde expiró Jesús, para redimirnos del pecado; cruz de la esperanza que debe unirnos aún después de la vida. Por ello he lanzado siempre mi requisitoria a todos aquellos que angustiados, sólo se preocupan con abrir el atesorado baúl con olor a rancio que en asombrosa heterogeneidad ostentan las figuras de ilustres presidentes norteamericanos.
Pero otro grupo nutrido, los más, vaga por la superficie de la patria, como aprisco asustado, en estado trashumante, sin saber a dónde irá a apacentar mañana. Hombres y mujeres se trasladan por el país en busca de trabajo, pero bloqueados por estamentos laborales que no permiten el asomo siquiera de un sueño de prosperidad.
Nacimos con el signo en la frente de la desolación, como el fierro impreso en las ancas del ganado vacuno, para indicar su identidad de pertenencia. Pactamos con la afrenta y el insulto, con la moribunda visión en lontananza de la ilusión ya perdida. Si la vida no es sólo materia, sino también espíritu ¿qué pasará cuando nos llegue la hora en que se nos pida el alma? Triste nostalgia tener que separarse enteramente de los bienes terrenales, dándoles un entrecortado y sollozante adiós, lleno de avaricia y de rencor con la insaciable guadaña que celosamente escoltar la espalda desamparada.
Mientras se tiene salud, dinero y amor, nos desplazamos por el mundo en tono retador ante la mirada marchita de aquellos que no tienen un centavo para seguir subsistiendo. |