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EDITORIAL
Lo inútil del halloween
Latinoamérica es por excelencia una cantera inacabable de tradiciones, leyendas, colores, música espiritual y sublime; en resumen, eso que en la pila bautismal de la literatura de nuevo cuño dieron por llamar realismo mágico (lo "real maravilloso" de Cabrera Infante y García Márquez) que dejó al mundo sin respiración hace pocas décadas, y todavía hoy sigue hirviendo a borbotones a través de sus expresiones más recientes como lo es la ola hispana en el deporte, la música universal, la plástica y las artes dramáticas, por poner sólo algunos ejemplos.
Si acaso existe algún paralelo para los ofrecimientos variopintos del caleidoscopio cultural que es América Latina, hay que referirse al Asia en cuyas profundas entrañas existen verdaderos prodigios de encantamiento. En ningún otro lado, señoras y señores, el mundo encuentra tal variedad de emociones y productos espirituales, como en el Oriente o Latinoamérica.
Por eso extraña que los americanos del sur del Río Grande nos hayamos dejado hipnotizar por una fiesta tan lejana y fatua como el halloween. Se le acepta a los europeos y americanos anglosajones, descendientes de aquellos sacerdotes druidas que en un tiempo pretérito celebraban que Saman, dios de los muertos, invocaba y reunía a los malos espíritus para examinar los acontecimientos del futuro. Los romanos (que, es cierto, también están metidos en las raíces de nuestra América hispana) le dieron color a la fiesta céltica cuando conquistaron Irlanda y Escocia, y sumaron a la fecha la celebración en honor a Pomona, diosa de la cosecha, lo que explica que haya tantas frutas y calabazas con velas durante el día de brujas.
Pero en nuestras tierras nos sobran tradiciones y recuerdos de fiestas paganas, como para tener que importar otras que nada tienen que ver con la salsa sabrosa y estridente algarabía que corre por nuestras venas.
Máxime cuando el halloween colinda con la celebración de nuestras fechas patrióticas, apocando con disfraces y culto a lo extranjero, el tiempo más importante del año para la nacionalidad panameña. La conmemoración de nuestra independencia, y de nuestra liberación, no puede y no debe por ninguna razón ser aplastada por giros culturales ajenos, que lo que más hacen es distorsionar nuestra identidad y nuestro amor por lo propio.
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PUNTO CRITICO |
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