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Hombres y mujeres del país incurren en la lamentable práctica de usar su dinero sin discreción, sin diseñar un plan de gastos sensato y real. Las consecuencias de esta situación son la verdadera pobreza, que no tiene nada que ver con cuánto dinero ganas, sino en cómo lo usas. Es una cuestión de actitud.
Gastar más de lo que obtengo, o usar mal el poco dinero que me entra, es una irresponsabilidad, y los hijos son quienes pagan las consecuencias. En un país donde la población no conoce el sentido del ahorro, donde no le inculca a los niños el valor de la buena inversión y el cuidado en el gasto doméstico, pronto crece la mala hierba de la miseria y la violencia.
Parte de la culpa la tenemos los medios de comunicación, que imponemos a veces estilos de vida muy por encima de la realidad, imponiendo hábitos de consumo que nada tienen que ver con la verdad y las reales necesidades de la población.
Pero la responsabilidad mayor es de los padres de familia que no inculcan en sus hijos la importancia del ahorro y el buen uso del dinero. Si predicamos con el ejemplo, moveremos montañas. |