OPINION


Ocho horas de libertad

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Por Hermano Pablo
Reverendo

"Tiene ocho horas de libertad -dijo el jefe de la cárcel de Pendleton, Indiana, Estados Unidos-. Ocho horas para vivir como le plazca. Dentro de ocho horas debe estar aquí de vuelta." Era una concesión hecha por la buena conducta del recluso.

Y Alan Matheney salió en libertad. Tenía ocho horas por delante. Ocho horas para hacer lo que quisiera. Ocho horas para contemplar los paisajes del campo. Ocho horas para escuchar el canto de los pájaros. Ocho horas para ver a los niños caminar por las calles. Ocho horas de absoluta libertad. Pero el hombre, de treinta años de edad, fue directamente a la casa de su ex esposa Lisa Bianco, de veintinueve años, y la asesinó de una forma salvaje en presencia de las dos hijitas de ambos. Para eso quería las ocho horas de libertad.

Todos tenemos por delante no sólo ocho horas de libertad, sino toda una vida. El bebé en la cuna tiene setenta, ochenta o noventa años de vida libre. El adolescente que comienza a sentirse hombre tiene sesenta o setenta años de libertad por delante. Todo ser humano, a cualquier edad, tiene su tiempo de libertad asignado por Dios.

En cómo se emplea esa libertad está la clave de la vida. Somos libres para hacer con nuestra vida lo que se nos antoje: o satisfaciendo sólo nuestros deseos y pasiones sensuales, o viviendo una vida de paz regulada por las leyes morales y espirituales de Dios.

No es Dios quien nos quita la libertad a los seres humanos a quienes creó libres. Somos nosotros los que perdemos la libertad cuando la empleamos para traspasar los límites de la buena convivencia y la sana norma moral, sufriendo así las consecuencias de nuestro error.

Dios no inventó las leyes para hacernos un martirio la vida; las hizo para que la disfrutáramos al máximo. Ciertas prácticas dan paz al alma, mientras que otras destruyen la armonía y la paz.

No es difícil someternos a las leyes de Dios cuando tenemos al autor de esas leyes en nuestro corazón. Por eso la Palabra de Dios nos exhorta a que entreguemos nuestra vida a Cristo. Él nos hará saber la mejor forma de emplear nuestra libertad.

 

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