Queridos hermanos y hermanas:
La misión, si no está orientada por la caridad, es decir, si no brota de un profundo acto de amor divino, corre el riesgo de reducirse a mera actividad filantrópica y social. En efecto, el amor que Dios tiene por cada persona constituye el centro de la experiencia y del anuncio del Evangelio, y los que lo acogen se convierten a su vez en testigos. El amor de Dios que da vida al mundo es el amor que nos ha sido dado en Jesús, Palabra de salvación, imagen perfecta de la misericordia del Padre celestial.
"En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que Viva, Crítica en Líneamos por medio de Él" (1Jn 4, 9). Después de su resurrección, Jesús encomendó a los Apóstoles el mandato de difundir el anuncio de este amor; y los Apóstoles, transformados interiormente el día de Pentecostés por la fuerza del Espíritu Santo, comenzaron a dar testimonio del Señor muerto y resucitado. Desde entonces, la iglesia prosigue esa misma misión, que constituye para todos los creyentes un compromiso irrenunciable y permanente. Por consiguiente, toda comunidad cristiana está llamada a dar a conocer a Dios, que es Amor.
Jesús dejó como testamento a los discípulos, el "mandamiento nuevo del amor", "mandatum novum". "Lo que os mando es que os améis los unos a los otros" (Jn15, 17).El amor fraterno que el Señor pide a sus "amigos" tiene su manantial en el amor paterno de Dios. Dice el apóstol san Juan: "Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios"(1Jn 4, 7). Por tanto, para amar según Dios es necesario vivir en Él y de Él: Dios es la primera "casa" del hombre y sólo quien habita en Él arde con un fuego de caridad divina capaz de "incendiar" al mundo.