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Ocurrió frente al penal de San José, en Lima, Perú. Nadie sabía su nombre. No se sabía quiénes eran sus padres. Tuvo que haber tenido esposo, o cuando menos compañero de vida, pero nadie daba razón de él. ¿Habrá tenido hijos? Tampoco se sabía. Sólo se sabía que después de pasar treinta días de agonía, murió. Murió sola, abandonada, anónima, y como lo anunció el diario "El Popular" de Lima, "sin flores, sin rezos, sin amigos, sin lágrimas".
He aquí un caso doloroso de la gran ciudad, un caso que puede repetirse y que por cierto se repite en casi toda gran ciudad del mundo. Una mujer sin nombre, sin familia, sin hogar, sin marido, sin recursos, sin salud, sin amigos, sin nada de lo que caracteriza esta vida, muere sola en medio de una ciudad de dos o tres millones de habitantes. Son desgracias de nuestras ciudades, dramas de nuestro tiempo, tragedias de nuestra sociedad.
Esta mujer ya dejó de sufrir. Pero quedan muchas más todavía a quienes la vida ha tratado con crueldad, y después de tormentas y borrascas y miserias y desgracias las ha arrojado, como restos de un naufragio, a un callejón oscuro, o a un hospital de misericordia, o a un hospicio insensible o a una cárcel fría. El apóstol Santiago, hablando de lo cruel que puede ser la lengua, dice: "Con la lengua bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a las personas, creadas a imagen de Dios" (Santiago 3:9). La misma lengua que bendice a Dios, maldice a las personas "creadas según el apóstol" "a imagen de Dios".
En otras palabras, el trato que se le da a cualquier ser humano es el trato que se le da a Dios, pues el ser humano es creación de Dios y ha sido creado a la semejanza de Dios. En comparación con tantas personas "hombres, mujeres y niños" que viven en la mayor miseria, los animales del campo, las fieras de la selva y las aves del cielo tienen un destino mejor. No nos permitamos nunca caer presa de un corazón insensible. Vivamos conscientes del hecho de que las ventajas que tenemos las tenemos sólo por la gracia de Dios. Por esa razón debemos, también, ser misericordiosos con los que no han disfrutado de los favores que han sido nuestros. Seamos cristianos de corazón, mostrando siempre la ternura de Cristo. |