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El amigo del
hijo

Carlos Rey
Era la reunión
del domingo por la noche en una iglesia cristiana evangélica.
Después que cantaron los himnos, el pastor se dirigió
a la congregación y presentó al orador invitado.
Se trataba de uno de sus amigos de la infancia, ya entrado en
años. Mientras todos lo seguían con la mirada,
el anciano ocupó el púlpito y comenzó a
contar esta historia:
«Un hombre junto con su hijo y un amigo de su hijo estaban
navegando en un velero a lo largo de la costa del Pacífico
cuando una tormenta les impidió volver a tierra firme.
Las olas se encresparon a tal grado que el padre, a pesar de
ser un marinero de experiencia, no pudo mantener a flote la embarcación,
y las aguas del océano arrastraron a los tres.»
Al decir esto, el anciano se detuvo un momento y miró
fijamente a dos adolescentes que, por primera vez desde que comenzó
la reunión, estaban mostrando interés. Y siguió
narrando:
«El padre logró agarrar una soga, pero luego
tuvo que tomar la decisión más terrible de su vida:
escoger a cuál de los dos muchachos tirarle el otro extremo
de la soga. Tuvo sólo escasos segundos para decidirse.
El padre sabía que su hijo era cristiano, y también
sabía que el amigo de su hijo no lo era. La agonía
de su decisión era mucho mayor que los embates de las
olas.
»Miró en dirección a su hijo y le gritó:
"¡Te quiero, hijo mío!", y le tiró
la soga al amigo de su hijo. En el tiempo que le tomó
halar al amigo hasta el velero volcado en campana, su hijo desapareció
bajo los fuertes oleajes en la oscuridad de la noche. Jamás
lograron encontrar su cuerpo.»
Los dos adolescentes estaban escuchando con suma atención,
atentos a las próximas palabras que pronunciara el orador
invitado.
«El padre -continuó el anciano- sabía
que su hijo pasaría a la eternidad con Cristo, y no podía
soportar el hecho de que el amigo de su hijo no estuviera preparado
para encontrarse con Dios. Por eso sacrificó a su hijo.
¡Cuán grande es el amor de Dios que lo impulsó
a hacer lo mismo por nosotros!»
Dicho esto, el anciano volvió a sentarse, y hubo un
tenso silencio.
Pocos minutos después de concluida la reunión,
los dos adolescentes se acercaron al anciano. Uno de ellos le
dijo cortésmente:
- Esa fue una historia muy bonita, pero a mí me cuesta
trabajo creer que ese padre haya sacrificado la vida de su hijo
con la ilusión de que el otro muchacho algún día
decidiera seguir a Cristo.
- Tienes toda la razón -le contestó el anciano
mientras miraba su Biblia, gastada por el uso.
Y mientras sonreía, miró fijamente a los dos
jóvenes y les dijo:
- Pero esa historia me ayuda a comprender lo difícil
que debió haber sido para Dios entregar a su Hijo por
mí. A mí también me costaría trabajo
creerlo1/4 si no fuera porque el amigo de ese hijo era yo.
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