Cuando pensamos en turismo, automáticamente nos vienen tres opciones, dependiendo de nuestro ingreso. Para los limpios: el Decámeron. Para los de clase media: Miami-Orlando y Disney World. Y para los de la high class: El viejo continente (París, Londres y Roma).
En el medio de todas estas opciones, hay una gama de ofertas que suelen ser las más consideradas por los panameños: un crucerito por el caribe, San Andrés (que está relativamente cerca y barato), o alguno de esos hoteles de playa que han construido en los últimos cinco años en las costas del pacífico. Casi todas estas opciones involucran arranques con bebidas ilimitadas. O sea que gastamos un platal para hacer lo mismo que hacemos todos los fines de semana: emborracharnos y bailar. La única diferencia es que lo hacemos más lejos.
A eso le llamamos hacer turismo. No metemos en la ecuación conocer algo sobre la cultura del lugar ni a su gente. ¿Y el turismo ecológico? Eso dejénselo a los gringos y europeos en shorts y con su maletita en la espalda.
Qué lástima, porque en Panamá hay muchos lugares dignos de ser visitados en un plan diferente. Un plan constructivo.
En la ciudad capital y el interior existen sitios de mucho interés turístico e histórico. Edificios que albergaron sedes de importantes organizaciones políticas, sociales y económicas de siglos atrás, y cuyas paredes guardan las voces de los próceres y sus familias, o de sencillos panameños que con su sudor ayudaron a construir nuestra identidad. También se trata de barrios, en la capital y el interior del país, donde se libraron cruentas batallas, o donde se idearon movimientos de liberación y crecimiento patriótico.
Por el estilo, existen regiones del país por donde desembarcaron libertadores, donde murió gente muy valiosa, donde están enterradas tribus indígenas enteras, cuyo rastro parece haber desaparecido en la historia.
Todo estos edificios, símbolos, lugares, playas y ríos, montañas y caminos escondidos en la espesura de las montañas, forman el patrimonio histórico que todo panameño debe conocer, y que vamos manteniendo en el olvido porque así somos aquí, poco importa con los detalles que nos hacen ser diferentes a todas las otras naciones del mundo.
Durante este año especial, sería muy bueno que las familias panameñas, y desde los colegios cuando empiecen otra vez, se visiten estos sitios y se aprenda su historia, porque el conocimiento de estos fastos nos hará libres de prejuicios y lograremos entender a plenitud quiénes somos, y hacia dónde vamos.