¿Qué fue la vida de Francisco convertido sino un gran acto de amor? Lo manifiestan sus fervientes oraciones, llenas de contemplación y de alabanza, su tierno abrazo al Niño divino en Greccio, su contemplación de la pasión en la Verna, su "vivir según la forma del santo Evangelio" (2 Test 14: FF 116), su elección de la pobreza y su búsqueda de Cristo en el rostro de los pobres.
Servir a los leprosos, llegando incluso a besarlos, no sólo fue un gesto de filantropía, una conversión "social", sino una auténtica experiencia religiosa, nacida de la iniciativa de la gracia y del amor de Dios: "El Señor ?dice? me llevó hasta ellos" (2 Test 2: FF 110). Fue entonces cuando la amargura se transformó en "dulzura de alma y de cuerpo" (2 Test 3: FF 110).
Desde que el rostro de los leprosos, amados por amor a Dios, le hizo intuir de algún modo el misterio de la "kénosis" (cf. Flp 2, 7), el abajamiento de Dios en la carne del Hijo del hombre, y desde que la voz del Crucifijo de San Damián le puso en su corazón el programa de su vida: "Ve, Francisco, y repara mi casa" (2 Cel I, 6, 10: FF 593), su camino no fue más que el esfuerzo diario de configurarse con Cristo. Se enamoró de Cristo. Las llagas del Crucificado hirieron su corazón, antes de marcar su cuerpo en la Verna. Esta es su conversión a Cristo, hasta el deseo de "transformarse" en Él, llegando a ser su imagen acabada, que explica su manera típica de vivir, en virtud de la cual se nos presenta tan actual, incluso respecto de los grandes temas de nuestro tiempo, como la búsqueda de la paz, la salvaguardia de la naturaleza y la promoción del diálogo entre todos los hombres. San Francisco es un auténtico maestro en estas cosas. Pero lo es a partir de Cristo, pues Cristo es "nuestra paz" (cf. Ef 2, 14). Cristo es el principio mismo del cosmos, porque en Él todo ha sido hecho (cf. Jn 1, 3). San Francisco encarna profundamente esta verdad "cristológica" que está en la raíz de la existencia humana, del cosmos y de la historia.
Que san Francisco de Asís obtenga a toda la Iglesia, y a todos los que en el mundo se remiten a él, la gracia de una auténtica y plena conversión al amor de Cristo.
S.S. Benedicto XVI - Homilía en Asís 17-06-07