El sancocho se veía sabroso. La hojaldre calientita parecía que me invitaba a darle un mordisco.La dueña de una de las fondas gritaba que debía "pagarle la comida a todos", porque soy "de los que ganan bien".
Pero no podía hacerlo. Tenía que cumplir con mi deber de profesor universitario.
Estaba la mañana del sábado nueve de septiembre en el nuevo mercado público de la capital. Llevaba a un salón para que hiciera un reportaje sobre este lugar, inaugurado hace seis meses.
Por un cuarto de siglo visité el viejo mercado de San Felipe, para que los alumnos se entrenaran en investigar ese sitio tan interesante.
Confieso que el nuevo mercado me impresionó. Atrás quedaron las viejas instalaciones poco higiénicas, oscuras, con mal olor, que daban miedo a más de uno.
El área de las fondas está diseñada para parecerse a los sitios de comida de los modernos "malles".
Los vendedores de lo único que se quejaban era del calor. "Pronto harán la licitación para los abanicos", decían resignados.
Muchos de ellos me dijeron que sus ventas estaban bien y el público está asistiendo cada vez más.
Noté que sociológicamente, personas de la "clase media" están usando el mercado para comprar alimentos baratos. Hay buen estacionamiento y la seguridad es efectiva.
Desaparecieron los pintorescos buhoneros, que vendían cualquier cosa a bajo precio. No hay chiquillos rebuscándose el real.
Me sentí como en familia. Varias personas me saludaban con entusiasmo. Se ve que CRÍTICA se lee mucho en ese lugar.
El señor José Quiroz, inspector de la Alcaldía, atendió a los estudiantes de periodismo con esmero. Les explicó todo el proceso de llegada, distribución y venta de los productos.
Noté que algunos pasillos son estrechos para la cantidad de personas que circulan. También hay mucho "smog", humo de los vehículos que pasan por la Avenida B. Por eso cierran las puertas.
Ese día estábamos cuatro periodistas en el nuevo mercado.
De allí caminamos hacia el Terraplén, un verdadero "mercado de pulgas" que no ha recibido adecuada atención de las autoridades.
Varios conocidos me confesaron que las ventas han bajado al cambiar el mercado.
Esperan que el Municipio arregle el sitio y lo convierta en una atracción turística. "¡Que Martín se acuerde de nosotros!", gritaron algunos vendedores.
En ese sitio el tiempo está detenido. No ha llegado el modernismo que tiene el nuevo mercado...¡Qué lástima!