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Fue una larga noche de agonía, noche en que la muerte rondó varias veces, en que agitó sus negras alas sobre todos los miembros de la familia.
Pedro e Isabel Muñoz, de Madrid, España, corrieron varias veces a la cama de Mercedes, su hijita de diez años. La niña se retorcía de dolor y angustia. Al amanecer se quedó dormida.
Los padres volvieron a la cama para descansar un poco. Pero Mercedes no despertaría nunca más. Había muerto. Examinada por los médicos, se halló la causa de su deceso: era una enorme bola de cabellos de ella misma, que había estado comiendo durante años.
Esta niña -dijo el médico forense- debió padecer una angustia secreta mucho tiempo, y adquirió el mal hábito de comerse los cabellos como desahogo. La mató la bola de pelos en su estómago." Diez años solamente, y ya el martirio de la soledad, la frustración y la tristeza habían consumido su alma.
Antes eran solamente las personas adultas quienes sufrían de depresión, frustración, hastío y amargura. Hoy hasta los niños de pecho muestran señales de ese ácido en el alma.
Es en vano que se multipliquen las diversiones. Los circos, los cines, la televisión no atenúan el ardor de la depresión. La angustia general parece ir estrangulando todas las alegrías.
¿Qué puede contrarrestar la fuerza de una agobiante pena que consume hasta a una niña de diez años? ¿Habrá algo que tenga la capacidad de mitigar las angustias moledoras de la vida? ¿A quién se puede acudir cuando la muerte parece ser la única salida?
Si las cosas han llegado al extremo de contemplar el suicidio, lo único que puede ayudarnos es un total desprendimiento de nosotros mismos.
¿Será posible que uno, sin aniquilarse a sí mismo, pueda aniquilar la angustia que lo consume? Eso ocurre mediante el abandono de nuestra pena en las manos benditas del Señor Jesucristo. Al entregarnos a Dios, junto con nosotros van también nuestras penas.
Entreguémosle nuestra vida a Cristo. La paz que Él nos dará cubrirá todas nuestras angustias. |