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Los primeros cien años de vida republicana que estamos celebrando, deben servirnos para reflexionar sobre hechos notables y aspectos de la vida nacional que han ido formando nuestra identidad a lo largo de la historia. Un país que sabe de dónde viene, sabe hacia dónde va.
Esto me hace pensar en la importancia de los nombres de las comunidades urbanas y rurales, para poder averiguar sus orígenes en el plano económico, social y cultural.
En las zonas rurales se acostumbraba a identificar a los poblados utilizando nombres de árboles, accidentes geográficos, los santos de la liturgia cristiana, y hasta los nombres y apellidos de los primeros habitantes fundadores de los muchos asentamientos humanos dispersos en el territorio nacional.
En la península de Azuero hay poblados llamados El Cañafístulo, El Algarrobo, El Guásimo y El Macano, debido a la proliferación de esas variedades de árboles en determinados lugares. En Aguadulce existe El Roble y en Penonomé, Cañaveral; para citar sólo unos ejemplos.
La actividad ganadera que sirvió de base a la economía rural durante la colonia dio origen a los poblados de El Hato, uno en Guararé y otro en Macaracas; en la provincia de Chiriquí, Hato Chamí y en el distrito de Las Minas de Herrera, El Toro.
Es frecuente encontrar poblados con nombres de accidentes geográficos, así tenemos Tres Quebradas, Loma Larga, Caño Quebrado, Río Grande y tantos otros.
En cuanto al santoral que trajeron los colonizadores españoles tenemos San Antonio, Santa Ana, San Roque, Santa María y San Pablo.
La superioridad del conquistador español no logró borrar por completo la presencia de los indígenas, pues a pesar de haberlos vencidos en lucha desigual, quedan las poblaciones de Penonomé, Antón y Chitré.
A muchos caseríos, sin embargo, se les llama con nombres todavía no aclarados. En la serranía del Canajagua hay un sitio llamado Chamarra Vieja, cuyos escasos habitantes deben tener una explicación al respecto. |