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EDITORIAL
Leer es una fiesta
Empezó la Semana del Libro en Panamá. Cientos de colegios primarios y secundarios, las universidades y los grupos culturales de diferente catadura aprovechan la ocasión para rendirle culto al elemento más poderoso de difusión del conocimiento, y al medio más eficaz para su conservación.
La invención de la imprenta con tipos movibles es considerada europea, que tuvo lugar en el siglo XV, señalándose como su autor a Johannes Gutenberg, un impresor alemán. Sin embargo, fueron los orientales quienes verdaderamente dieron con la idea de un procedimiento que, en lugar de copiar los escritos a mano, les permitiera obtener muchas reproducciones iguales de un mismo original.
Fue así como les dio por labrar los caracteres de una página en una plancha de madera, después entintaban la plancha y aplanaban sobre ella hojas de papel. Luego idearon los tipos móviles.
No obstante, fue en Europa donde el concepto se industrializó y se lanzó a todo el mundo. A partir de ahí, el conocimiento dejó de ser patrimonio de unos pocos, y la humanidad entera empezó a leer: eso significó un salto a la civilización, al cambio, a la tecnología... a la libertad.
Antes, eran pocos los ilustrados, y los libros -hechos a mano- se conservaban en cerrados monasterios, a la mano de un reducido grupo de privilegiados que, por tener la información, llegaron a tener grande poder político y económico.
Pero eso cambió con el libro. Los pueblos encontraron en la lectura de los clásicos, en la proliferación de las ideas, en la universalización de la filosofía humanista y los conceptos de la ilustración que inundó todo cuando los libros circularon a manos de miles de ciudadanos de cualquier región de la Tierra, la puerta de entrada al mundo del saber y la competencia.
Hoy, el mundo es lo que es por el libro. Gracias a este elemento humilde, la sociedad se liberó de ataduras, ricos y pobres se fundieron como una sola amalgama y se sentaron a la misma mesa. Todo dio un giro revolucionario.
En Panamá, por fortuna, todavía hay algunos pocos que ponderan el valor del libro, y le dedican una semana. Conocen la importancia de la lectura, y promueven actividades para que niños y adultos lean. Saben que leer es una fiesta, e invitan a todos a la algarabía intelectual y portentosa que inicia cuando un istmeño abre las tapas de un libro y se impregna de su lectura.
El otro extremo es la oscuridad, la ignorancia, la escasez y la pobreza. Quienes menos leen, quienes menos atención ponen al cultivo de su intelecto, terminan en los barrios marginales, las cantinas, los prostíbulos, las cárceles y las filas en los hospitales menos dotados. Sólo en el estudio y la lectura está la posibilidad de movilizarse y salir de la miseria. Quien no lo haga -así lo demuestra la historia- se condena a la austeridad obligada, al hambre y al hacinamiento. Se pierde la fiesta.
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PUNTO CRITICO |
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