Les preguntas y no saben, no saben porque no lo averiguaron y no lo averiguaron porque no les importa. Así andan algunos despistados y despistadas que parece que vivieran en su propio mundo, uno muy pequeño por cierto, y sumido en la indiferencia por lo que sucede a sus semejantes y en su entorno.
El ser humano es un animal social. Su naturaleza es interactuar con sus semejantes. Ciertas personas son antisociales porque sus experiencias en la vida los han llevado a concluir con que no pueden confiar en los demás, pero esa ese es tema de otra columna.
De quienes nos referimos aquí son los que llamamos "perezosos sociales". Sencillamente le vale dos pepinos los problemas de su comunidad. No tienen relaciones, ni leen periódicos, ni ven noticieros, ni leen libros.
Nunca saludan a nadie, no opinan, no aportan soluciones para nada, no estudian, no hacen ejercicio, desconocen a sus vecinos, carecen de iniciativa y salen huyendo a cualquier responsabilidad o compromiso, y peor aún, son ermitaños. En resumen, se dedican exclusivamente a ocupar espacio.
Los perezosos sociales por fuerza tienen que trabajar para sobrevivir, así que sueltan su frustración por el castigo del trabajo en sus compañeros y los clientes que tenga que atender.
Un estilo de vida como este es sumamente dañino para la salud mental y física. Lo peor es que cada vez las comunidades se llenan más de este tipo de personas, que piensan sólo en ellos y en nadie más.
Estimados lectores, en esta sociedad nos necesitamos todos los unos a los otros. Mientras más nos alejamos de nuestros semejantes, más nos sumimos en los vicios y las malas costumbres.