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¡Qué ciego es el mundo!, madre, ¡qué ciegos los hombres son! Piensan, madre, que no existe
más luz que la luz del sol. Madre, al cruzar los paseos cuando por las calles voy, oigo que hombres y mujeres de mí tienen compasión; que juntándose uno a otro hablan bajando la voz, y que dicen: "¡Pobre ciega!, que no ve la luz del sol."
Cristo es mi Luz, es el día cuyo brillante arrebol no se apaga de la noche en el sombrío crespón.
Tal vez por eso no hiere el mundo mi corazón cuando dicen: "¡Pobre ciega!, que no ve la luz del sol." Y siempre que ellos murmuran: "¡Pobre ciega!", digo yo: "¡Pobres ciegos!, que no ven más luz que la luz del sol...
Este hermoso poema de autoría desconocida se titula "La niña ciega". Pero bien pudiera llevar por título "La niña vidente", pues nos abre los ojos a la dicha de la vista espiritual en contraste con la desdicha de la ceguera espiritual. Por lo general, los que no hemos perdido la vista pensamos únicamente en la función física de los ojos. Y sin embargo lo cierto es que es muy importante la vista espiritual.
Si bien la niña ciega identifica a Jesucristo como la Luz divina que brilla en su corazón, es porque Él mismo se identificó, cuando vivió entre nosotros, como la Luz del mundo. Si queremos tener esa Luz de la vida, no tenemos siquiera que disfrutar de la vista física. Basta con que permitamos que Cristo nos ilumine, como el Sol al que se refiere la niña ciega, que nunca se oculta porque "es de eterno resplandor". Si le pedimos a Cristo que nos alumbre de este modo, y lo seguimos como Él nos invita a que lo hagamos, se cumplirá en nosotros su promesa de que no andaremos en tinieblas. Descubramos al Señor. |