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HOJA SUELTA
Sebastián Abadía

Eduardo Soto P.
Las noches de esta semana fueron de insomnio, de largas y glaciales madrugadas; de letargo y aflicciones estomacales; de conciencia y miedo por la muerte y el cáncer. Tarde alcanzaba el sueño, después de mucho leer, refugiado entre las costillas de la madre de mis hijos, quien duerme como oso en invierno y jura, por todos los cielos, que no ronca. Por andar de madrugador choqué con el espejo de frente, a la salida del escusado, y me asustó la imagen que venía de regreso: era un hombre viejo y gordo, ojeroso, con la facha enredada en una telaraña de canas, y una fea barba de sátiro chino. Me le quedé mirando y casi lloro. ¿Dónde está el chiquillo jodedor, irrepetible, que no se cansaba con nada, aún después de cuatro días de carnaval, o diez de campamento bajo la lluvia? ¿Qué fue del muchacho aquel que siempre tenía una última palabra para virar el barrio al revés, y empezar de nuevo el proyecto que todos daban por perdido? "Falleció... la rutina, la úlcera y el sillón reclinable se lo comieron", me contestó el sátiro chino. No me pregunten por qué, pero el terror me dio por revisar mi maletín de trabajo, y botar todos los papeles viejos, como si la purga me fuera a devolver tiempos idos; como si por magia pudiera empezar de nuevo, con "las cosas en orden". Fue así como encontré el CD de Sebastián Abadía. Lo tenía en el fondo del maletín, debajo de la grabadora y unas píldoras de protón. Grabarlo le tomó un año. Es su tercer intento. Ni la pobreza ni la enfermedad ni la indiferencia de la gente de radio: nada ha evitado que este guerrero de la guitarra pruebe siempre una y otra vez. Hablamos la semana pasada, y me dijo que se iba para Miami a presentarlo en algunas emisoras. "Ahí va otra vez el penitente", me dije; pero, como siempre, acepté publicar el viaje y su nuevo proyecto en el periódico. Hace unos años se fue a Costa Rica, a pasar hambre y cantar en algunas discotecas. De ahí brincó a Nicaragua y Guatemala, durmiendo en parques y pidiendo ayuda a sacerdotes amigos. Nunca tuvo miedo, y supe que causó furor en algunos lugares. A pesar de las caídas, Sebastián está dispuesto a intentarlo otra vez, fue lo que pensé esa madrugada, rodeado de papeles viejos y con el CD en la mano. Lo puse en el tocadiscos que tengo sobre la mesa de noche y me dejé anestesiar por la voz prodigiosa de este tipo (¡tiene mi edad!) que no se cansa de tratar, sin ayuda y sin miedo, y sin dinero. "Va a triunfar", pensé, cuando terminó el último tema. "Así será", me contestó el viejo del espejo, a quien no he vuelto a ver desde ese amanecer, cuando Sebastián me enseñó que siempre se puede volver a empezar.
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