"Esto es así porque sí, y nadie me discuta". Esta frase, que muchos intransigentes repiten por ahí, define la intolerancia con la que manejan sus vidas, sus empleos y sus relaciones humanas en general.
Bien se dice que dos cabezas piensan mejor que una, y si hay una tercera para aportar ideas, mejor todavía.
Pero hay cada teso por ahí que es de la idea de que sus ideas siempre son mejores que las de los demás, y que sus opiniones son absolutas e incuestionables.
Estas personas lo hacen todo porque sí. No consultan, no preguntan, no investigan, y peor aún, no reconocen sus errores.
Veamos el entorno familiar. Un padre que le da órdenes a sus hijos sin darles ninguna explicación de por qué deben comportarse de tal o cual manera, es un padre que no está educando.
"No toques eso", "Quédate ahí", "Cómete la comida". Esas frases solas, sin ninguna explicación, vuelven a los hijos en autómatas, en gente que a futuro se mueven por la vida controlados por las costumbres y por los miedos.
Hay ocasiones en que es realmente esencial dar a entender a las personas en nuestro entorno la motivación de nuestras acciones, y los fines que perseguimos con ellas.
Esto se aplica también en el trabajo. Es esencial en una organización que la cabeza, el líder del grupo ponga al tanto a sus colaboradores sobre todos los aspectos del trabajo. Pero quienes hacen todo "porque sí", sin decir nada a nadie ni explicar sus acciones, deja una sensación de incertidumbre en los demás.
Si es una de esas personas que todo lo hace "a rajatabla", fíjese a su alrededor y notará que las relaciones con los demás casi siempre son conflictivas y tensas, ya que nadie a qué atenerse con usted. Reflexione y mida mejor sus pasos, no actúe tan impetuosamente y consulte para tomar siempre la decisión correcta.