¡Carajo...frena, frena..! No, no..no hagas eso. Para, para. ¿No ves que viene un auto? No saques el closch todavía hasta que el auto inicie su marcha en primera. ¡Caramba!, ¿tu no entiendes o qué?
No le será difícil reconocer este tipo de monólogo en un espacio abierto donde un hombre intenta enseñar a manejar a su esposa. Es casi una realidad no escrita. El 98% de los hombres no tiene paciencia para ser instructor de manejo, menos si es su cónyuge la que está aprendiendo y peor si el auto no es automático.
Si usted quiere confirmar que no nos equivocamos con las palabrotas que le salen a los machos, de una vuelta un fin de semana en los estacionamientos de Amador o los estacionamientos del estadio Rommel Fernández. Estos sitios son los predilectos para la enseñanza porque se puede aprender a dar los cambios, a dar vueltas y hasta estacionarse.
Un hombre debe ser siempre caballeroso con las damas y el doble de tierno si se trata de su mujer o su esposa. Pregúntese: ¿Cuál es el objetivo de que ella aprenda? Aquí detectará que es saludable que un segundo miembro de la familia sepa conducir para cualquier eventualidad.
Imagínate que una madrugada te estás muriendo, tienes un auto en casa, no hay taxis, los vecinos no son muy colaboradores y nadie sabe mananejar. ¿Qué sería de tí en este caso? Si no es nada grave, te podrías salvar con suerte, pero si es algo de cuidado, tal vez no habría tiempo de contarlo. He aquí la importancia del por qué nuestras esposas deben manejar. La otra ventaja es que de pronto uno o dos días te vas en bus para el trabajo y ella se queda con el auto para salir a pasear con los niños y, cuando estás por salir, te pasa a buscar. Recuerda que con lo del asunto del combustible, estas medidas son saludables.
Hermano, si usted está enseñando a su guial, trátela con amor. Ella se lo agradecerá mucho.