La patria loca no ha cumplido sus primeros 100 días y ya se percibe que la erisipela que apenará a este esperanzador mandato, será la Alcaldía. Ser alcalde, no es para bailarines graciosos.
La heterogénea ciudadanía de la capital espera un plan para recoger bien la basura y no desabridas declaraciones como realizar los carnavales en la cinta costera, así como tampoco el gastar tiempo y recursos cerrando burdeles y atemorizando a sufridas y abnegadas alternadoras.
Me imagino al jefe capitalino entre 1852 y 1856, con su uniforme de capulina que por aquellos tiempos estaban de moda, cuando en esta ciudad había burdeles y se consumía guaro a totumazos.
¡Por favor!, analicen el fragmento publicado en un diario colombiano: "Que por las noches al pasar por ciertas calles de Panamá, creyérase uno estar oyendo descargas de batallones armados de pistolas; y todas las mañanas era una grandísima dificultad recoger y botar al mar unas cinco o seis mil botellas vacías que aparecían regadas en las calles frente a hoteles y restaurantes".
O sea, yo les prometo investigar la interesante historia de los burdeles y cantinas de Panamá, desde antes de 1852 a esta fecha, pero les aseguro que no encontraré datos de jefe municipal alguno en pendejadas tan burdas, más bien luchando por la seguridad y la limpieza del entorno.
Casi todos los políticos concuerdan, que el trabajo que se realice en la principal alcaldía del país, es factor de peso para calificar la labor de un gobierno.
No obstante, pueda que nuestra sospecha sea porque escuchamos que un hipopótamo enyesado detuvo una vez, el paso arrollador de todo un ejército de su especie que buscaba el progreso y no sea entonces la alcaldía capitalina la pata coja del gobierno, sino todo lo contrario.