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EDITORIAL
Corrupción
Panamá sufre otro deterioro de su imagen a nivel internacional. La organización Transparencia Internacional ha desmejorado nuestra posición en lo referente a la corrupción.
En palabras sencillas ahora se percibe que existe mayor corrupción que el año pasado. En el 2001, Panamá ocupaba la posición 51 en cuanto al Indice de Percepción de la Corrupción y ahora estamos clasificados como 67.
La calificación comienza con 10 para países considerados limpios de corrupción y 0 para los muy corruptos. El año pasado, Panamá recibió una calificación de 3.7 sobre 10 y en el 2002 es de 3 sobre 10.
Estos resultados preocupan, porque los mismos se producen en base a informaciones Banco Mundial, el World Economic Forum, la Unidad de Inteligencia de la revista The Economist y la Universidad de Columbia.
Aunque los responsables del gobierno aleguen que el resultado del índice logrado es producto de una campaña existente contra la actual administración, la realidad es que el resultado de todos los escándalos registrados en el país.
Estamos cosechando toda la vergüenza que produjo el tema de la aprobación del Centro Multimodal, Industrial y de Servicios (CEMIS), al igual que las acusaciones formuladas en torno a la ratificación de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia.
Claro está que siempre habrá corrupción, pero frente a ella los gobiernos deben tomar acciones para reducirla o para que ésta no sea permisible. Sin embargo, aquí se nombró una Comisión que elaboró una serie de recomendaciones para reducir los focos de corrupción, pero pocas son las medidas que se han implementado.
Además se aprobó una Ley de Transparencia, sin embargo, se emitió una reglamentación que en la práctica hace ineficaz la legislación. Los políticos deben entender que la corrupción es el peor impuesto para un país.
También hay que reconocer que la corrupción no es un monopolio del gobierno, es un mal que está afectando a toda la sociedad panameña, que debe reconocer la existencia de éste, para tomar las decisiones pertinentes. No aceptar la existencia del problema de la corrupción, es engañarnos como país, como gobernantes y como ciudadanos.
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PUNTO CRITICO |
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