Más de 500 años de historia se escribieron en la isla de Coiba. Al principio, fueron los piratas los que la usaron de refugio. Años después del periodo de la conquista española, se convierte en una prisión marina. Allí eran llevados las personas privadas de su libertad por delitos graves. Esto fue desde 1919 hasta el 25 de agosto de 2004.
Muchos cavaron su tumba en ese penal, otros pintaron sus sueños de color azul, pues fue en la isla donde encontraron su libertad espiritual con Dios, lejos de una ciudad donde robaron y mataron por desobediencia.
Lo que antes fue espera ser. Así es como se traza la línea del futuro de Coiba, una isla donde ya no se escucha en las noches el llanto de un hombre detrás de un barrote; ahora, son los sonidos de la naturaleza los que han controlado el espacio. Es un pedazo de tierra rodeado de mar que no está vacío. Dentro de ella habitan cientos de miles de especies de flora y fauna vírgenes que no han sido alteradas por la mano del hombre.
Es lo más rico en materia biológica con que cuenta la República de Panamá. Los mares que rodean a la isla salvaguardan una rica y diversa comunidad de fauna marina, que incluye corales, peces, moluscos, equinodermos, tortugas marinas y cetáceos (ballenas, delfines y marsopas). He aquí la importancia de la ley que declaró Coiba como un Parque Nacional, con la oportunidad de ser desarrollada turísticamente.
En manos de los panameños está el futuro de la isla. No hay que descuidar ni un sólo segundo el objetivo de protección, razón de ser de la Ley. De aquí en adelante nos queda trabajar con proyección profesional su desarrollo. No debe haber lugar para improvisaciones que a la larga afecten la joya más anhelada de la República de Panamá.