MENSAJE
Cómo están las cosas
Hermano Pablo
Costa Mesa, California
"¡Con cuánta
pena me negué a la pretensión de mi hija Nené de que
le comprara aquella lujosa muñeca que caminaba, abría y cerraba
los ojos y decía "papá y mamá"!... Era una
belleza. Lo único que la afeaba era esa horrible etiqueta que...
decía $32,50.
"La compra estaba.. fuera de nuestro alcance... En aquella trágica
época... vi... entrar a dos hombres en una guarapera y pedir un guarapo
de a (centavo) y dos vasos...
"Había que apelar a la convicción. Al hacerlo cometí
el mayor de los errores... de razonarle a mi hija de esta forma:
-Hija mía, ya tú eres mayor, casi una mujercita, y puedes
darte cuenta de la situación. Las cosas no están para comprar
una muñeca tan cara. Tú sabes que la Escuela Normal está
cerrada y no me pagan el sueldo. Ahora tampoco gano nada en el Sanatorio.
Nos cuesta mucho trabajo obtener lo necesario para vivir. Más adelante,
cuando las cosas mejoren, yo te prometo comprarte una así.
"Mi razonamiento produjo una reacción inesperada. No hubo
resistencia, ni insistió más en su petición, pero grandes
sollozos interrumpían su respiración y sus lindos ojos negros
eran un inagotable manantial de lágrimas.
-Pero hija mía- le dije-, se razonable. Date cuenta de que no
es posible complacerte en tu deseo. ¿Qué más quisiera
yo que darte gusto?
"Y mi pequeña hija, entre sollozo y sollozo, me hizo sentir
apesadumbrado y culpable, al contestarme:
-Pero papá, si yo no lloro por la muñeca, sino por cómo
están las cosas".
Así concluye la anécdota del elocuente escritor y médico
cubano Mario Dihigo, que fue miembro de la Federación Médica
de Cuba durante el régimen de Machado, y ejerció su profesión
en una de las plazas del Sanatorio de la Colonia Española. Casi todos
nosotros podemos identificarnos con esa patética escena que describe
en su obra titulado Cosas de muchachos. Todos, incluso nuestro Padre celestial
y su Hijo Jesucristo. Aunque muchos lo desconozcan, el Hijo de Dios, durante
la semana de su Pasión, lloró por Jerusalén, no porque
no pudiera pagar el precio de su rescate, sino por cómo estaban las
cosas. "¡Cómo quisiera que hoy supieras lo que te puede
traer paz!", le dijo desconsoladamente Cristo a aquella ciudad escogida,
y ¡le advirtió que iba a ser arrasada por no reconocer el tiempo
de Dios había dispuesto para salvarla! Asimismo llora por nosotros
actualmente, por todos los que no hemos permitido que El nos abrace y nos
muestre su gran amor. Aceptemos hoy mismo el precio que pagó para
salvarnos. Sólo así disfrutaremos de la paz interior que El
vino a traernos. 3


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