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Martes 22 de agosto de 2000



Por «jugar a los bares»

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Hermano Pablo
Colaborador

Los cuatro «clientes» se acercaron al bar. Era un bar pequeño en una casa de familia, pero bar de todos modos. Y los cuatro pidieron whisky y bebieron. Brindaron y bebieron, y bebieron y brindaron, hasta que el alcohol tuvo su efecto. Fue tan serio que los cuatro bebedores, con fuertes síntomas de intoxicación alcohólica, tuvieron que ser internados en un hospital. Por cierto, uno de ellos, Andrés Chacón, falleció.

¿Quiénes eran estos bebedores? Cuatro chiquillos, de Almería, España, entre nueve y once años de edad. ¿Qué hacían? Querían «jugar a los bares» como sus papás. Andrés Chacón, el niño que murió, tenía nueve años de edad.

Este caso, sumamente penoso, contiene algo para todos. Mucho, por supuesto, se puede decir de lo destructivo del vicio del alcohol, pero aquí vale resaltar la responsabilidad de los padres hacia sus hijos.

El horror, la inhumanidad, la barbarie del caso de estos niños de España descansa en los padres que, aparte del descuido en dejar alcohol al alcance de sus hijos, dieron el ejemplo que estos niños imitaron. Con el modelo que dejaron esos padres, la tragedia tenía que ocurrir, tarde o temprano.

Nuestros hijos -y es superfluo decirlo porque es un hecho tan a flor de tierra- serán lo que somos nosotros. Desgraciadamente hay todavía en este mundo, con sus luces culturales y académicas, mucho descuido en lo que es responsabilidad paternal. El caso de estos padres de España -con casa rica, con bar bien provisto, al cual le daban más atención que a la biblioteca- es un ejemplo vivo de esta irresponsabilidad.

Cuando los israelitas cruzaron el río Jordán hacia la tierra prometida, Josué dio órdenes de que tomaran doce piedras del medio del río y construyeran un monumento al otro lado. Sus palabras fueron éstas: «En el futuro, cuando sus hijos les pregunten: "¿Por qué están estas piedras aquí?", ustedes les responderán: "El día en que el arca del pacto del SEÑOR cruzó el Jordán, las aguas del río se dividieron frente a ella. Para nosotros los israelitas, estas piedras que están aquí son un recuerdo permanente de aquella gran hazaña"» (Josué 4:6,7).

¿Qué «monumentos» tenemos nosotros, como padres, para nuestros hijos? ¿Hay modelos de absoluta integridad? ¿Hay muestras de amor y fidelidad? ¿Tenemos en casa una Biblia bien usada que nuestros hijos reconocen como nuestra? El obsequio más grande que podemos darles a nuestros hijos es el amor de Dios. Permitamos que Cristo sea el dueño de nuestro hogar y el dueño de nuestro matrimonio y el dueño de nuestra familia. Así seremos padres realmente responsables.

 

 

 

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