Sábado 10 de agosto de 2002

 

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  OPINION

EDITORIAL
Vergüenza

Que a la primera casa de estudios superiores le suspendan el servicio de energía eléctrica por morosidad, es un hecho vergonzoso a la luz del mundo entero.

Que el lugar donde se supone se forman los profesionales de la nación; dónde se abastece el intelecto del país; donde se sembró la semilla del desarrollo de un pueblo, no tenga energía eléctrica, sencillamente es algo que no tiene nombre dentro de los parámetros de la comprensión humana.

El tira y hala que se traen tanto la rectoría de la Universidad de Panamá, el Ministerio de Economía y Finanzas y el Gobierno en general, es la típica pelota que se lanza de un lado a otro, cuando no existe la mínima intención de aceptar responsabilidades y enfrentar soluciones de peso.

La Universidad de Panamá, desde que se fundó, ha dado a la nación incontables y sobresalientes profesionales capaces de enfrentarse en el desarrollo dentro y fuera del país y a un costo ínfimo en comparación con aquellos centros privados, y con el mismo caudal de conocimientos competitivos.

Y hoy, cuando necesita del respaldo de la sociedad, ésta como el avestruz, cambia la cara para otro lado, escondiéndose quién sabe de qué.

La Universidad de Panamá es la única esperanza que tiene aquel ciudadano de bajos recursos que tiene todas las intenciones de surgir en este mundo de competencia y calidad, y sin más costo que el pago del pasaje y una simbólica matrícula que no pasa de los treinta dólares por semestre, mientras que en otras universidades, el semestre va desde los cuatrocientos hasta los novecientos dólares, si no es que más.

El prestigio que tiene la Universidad de Panamá en la educación superior internacional, es comparable solo con las mejores universidades de Estados Unidos, España y Londres, entre otras. Y eso es porque el producto que egresa de allí, es de alta calidad.

La Universidad adolece de solidaridad. De amor propio. De sentimiento de pertenencia... De algo por lo cual sentirse orgulloso.

Es incomprensible cómo una entidad tan grande, con tantas unidades académicas especializadas y una matrícula de más de 70 mil estudiantes, no encuentre el apoyo ni de estudiantes, ni del Gobierno ni de la comunidad que se sirve y se nutre de ella.

Es admirable ver cómo, en estos tiempos modernos donde ya nada es igual a aquellos días que vivieron los abuelos que allí estudiaron, esa institución pueda sobrevivir con tan bajo presupuesto, máxime en estos días cuando todos los servicios que antes eran públicos y ahora privados, han subido su tarifa haciendo asfixiable la sobrevivencia.

Sin embargo, los administradores de la Universidad también deben entender que no todo debe provenir del Estado. Deben procurarse los fondos de autogestión; mientras que los estudiantes deben entender que la ínfima matrícula que pagan semestralmente, ya no es suficiente frente a las necesidades del centro de enseñanza superior. Es inconcebible que el costo de la matrícula sea similar al pago mensual del busito colegial de cualquier niño de primaria.

En resumen, es lamentable la mirada indolente del país, desde la sociedad civil hasta la máxima cúpula del Estado, frente a la situación que vive la Esperanza del Pueblo: la Universidad de Panamá.

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