EDITORIAL
Embriaguez Política
Desde hace meses los panameños
están en lo que les gusta: la política. De repente, han olvidado
el escandaloso aumento de medicamentos, el desempleo, el alza de la canasta
básica familiar, las jubilaciones, y el cable, según expresión
popular, que se están comiendo los productores agropecuarios.
El panameño, que no aprende las lecciones de la historia, una
vez más ha dejado que le distraigan su atención por el referendo
del 30 de agosto. Parece increíble que una emisora que realizó
un simulacro de la consulta popular, haya polarizado con ese tema la atención
nacional y los panameños discutan acaloradamente si hubo fraude porque
los votantes fueron agitados convenientemente para favorecer el Sí.
El panameño, emotivo por antonomasia, no aprende. Ni siquiera
puede discernir sobre las conveniencias de darle prioridad al tema político,
mientras sigue el alza de los productos de primera necesidad que son los
que inciden en su vida. A pesar de que en otras latitudes se ha rebajado
drásticamente el crudo del petróleo, nada ocurre en Panamá
y las autoridades actúan como si no les concerniera ese aspecto que
puede reducir el costo de la vida.
Todo el mundo en Panamá está metido de lleno, pues, en
la política. Todos los días se dan caravanas de automóviles
promocionando el Sí y el No. Hasta las reinas bancarias se han tomado
las calles y en horas no apropiadas obstaculizan el tránsito vehicular,
pero nadie dice nada ni protesta. A eso le llaman ahora "fiesta democrática",
la que ha pasado a ser sinónimo de anarquía.
Otro detalle es que nadie le hace caso a la Comisión de Justicia
y Paz, ya que no se respeta el Pacto Etico Electoral. Y los ataques entre
candidatos de gobierno y oposición siguen subiendo de tono, lo que
nos da una idea de lo que serán los comicios electorales del próximo
año.
Es una lástima que el pueblo panameño no haya madurado,
ya que siempre lo seducen con las mismas cosas y las promesas electorales
que después se lleva el viento. Pero el panameño es de los
que tropieza con la misma piedra y posterga sus prioridades. Al final, los
ve usted lamentándose de los malos gobiernos que hacen los pobres
más pobres y los ricos más ricos.
El pueblo tiene que retomar los valores cívicos y morales. Pero
en serio y descartar de una vez por todas a los demagogos. Sólo así
logrará liberarse mentalmente y rechazar el estigma de que este país
no lo compone nadie. Atados a ese fatalismo es que no progresamos. No son
los carnavales los que debemos tomar en serio; es la política que
nos permitirá hacer cambios trascendentales, profundos y de manera
integral estructurar una Patria con un gobierno que sea moderno y progresista.


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