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A ORILLAS DEL RIO
LA VILLA
La tía Tena

Santos Herrera
En casi todas las familias, siempre hay una tía, que por diversas razones, sobresale entre las demás. A nosotros, por la rama materna, nos tocó la tía Tena, que de las siete hijas de Benito y Pantaleona, se distinguió por su carácter chistoso y ocurrente y por su férrea voluntad frente a los hechos en su trajinar cotidiano. Pequeña de estatura, por lo que podemos colegir, que lo que le faltó en tamaño, lo agregó a un corazón grande y valiente con el cual pudo superar los avatares de una madre angustiada, que en noches prolongadas, siempre encontró en el mágico amor materno, la solución a las peticiones físicas y escolares de sus diez hijos. Y a todos los graduó en prestigiosas universidades nacionales y extranjeras. Solamente ella pudo hacerlo, ya que fueron tantos los milagros de multiplicación de panes y otras cosas; que se puede hasta sospechar que tenía la protección de una invisible hada madrina. Hace casi 40 años, colmada de compromisos con la prole, tuvo que enfrentarse cara a cara con el perverso cangrejo del cáncer, que sin piedad le comía su matriz. Al conocer que en la capital estaban experimentando por primera vez con quimioterapia, y como eran muchos sus deseos de vivir, no lo pensó dos veces. Nelly la llevaba al hospital para el tratamiento y cuando salía agobiada, sin fuerzas y sin cabellos, comentaba que ni por el diablo iba a dejarse vencer por la muerte, pues, ¿quién le criaba a sus diez hijos que la esperaban en casa? Por ello, vuelvo a insistir en que tía Tena era una mujer singular. No obstante las adversidades de la vida, a ella le alcanzó tiempo para contar chistes, jugar bingo, cantar en las tunas y en las mojaderas, bailar tamborito y hasta para vestirse de parrampán en un San Pedro. Rosa Lastenia Saavedra, fue siempre la fiel compañera de Toño Rodríguez, quien durante cincuenta años estuvo manejando un transporte colectivo hacia Panamá. Su esposo, regando afectos a lo largo de la carretera nacional, llegó a reconocer treinta y tres hijos. Sin embargo, Tena en ningún momento se amedrentó, y a pesar de las prolongadas ausencias de Toño, que por cierto es un buen hombre, jamás le faltó el pan a sus diez hijos. Con inmenso amor de madre abnegada les dio siempre protección y cariño. Un día, como era frecuente, amaneció sin ningún real en la carterita. Sus hijos, muy temprano, comienzan a sentarse a la mesa en espera del desayuno para partir a la escuela. Toño le había mandado cinco balboas con Augusto García que llegaba a Monagrillo como a las nueve de la mañana. Con la angustia reflejada en su rostro y rascándose la cabeza, nerviosa, cuando de repente aparece un niño con un platón en la cabeza y le dice: -Bollo de coco. Enseguida, Tena toma diez, se los lleva a sus hijos que esperaban sentados a la mesa, y al regresar le pregunta al pequeño vendedor: -¿Tienes cambio para veinte dólares?. Así era la tía Tena, que enterramos el domingo último, en el camposanto de Monagrillo.
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