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Otra vez la depresión. Es esa sensación de derrota, y ganas de llorar sin término, que caen sobre uno como montón de cadáveres de perros (decenas de miles de animales muertos), que no te dejan respirar ni mirar la luz.
Por eso escribí ese artículo lleno de odio, de desesperanza y pesimismo. Iba a ser un brebaje literario de sen con coco y tamarindo, para purgarme el alma patuleca que me duele.
Iba a hablar mal de todos, hasta del peor panameño que creía conocer: yo. Tenía olla, ranas y culebras listas; solo debía apretar una tecla de la computadora, y la depresión navegaría por toda la red hasta la rotativa. Y de ahí a la calle, a tu casa, lector.
Pero en el último momento me arrepentí. Me detuve en la raya que divide la muerte de la vida. Recurrí al viejo truco de usar la memoria como sedativo, como vendaje para las heridas. Como a viejito cansado, los recuerdos me sirvieron para evadirme, y me fugué de las lágrimas.
Recordé esa vez que recorrí medio país de aventón en aventón, con una vieja mochila a las espaldas, y apenas 5 dólares en la cartera.
Y fue viendo el ayer que caí en la cuenta que vengo de un país bendito, donde se cruzan todas las líneas de teléfono de los cinco continentes, y todos los pájaros, y todas las flores, y todos los barcos, y todas las gentes.
Tengo un centro bancario que es la envidia de los países ricos; aquí se juega el mejor béisbol del resto de América, y Mariano es mío, que es uno de los más grandes lanzadores del momento.
Vengo del mismo país que Rubén Blades, uno de los artistas más famosos de Latinoamérica, y a veces me cruzo en el supermercado con Durán, peso por peso el mejor boxeador hispano de la historia. Y son mías las canciones más vendidas en todos los idiomas y todos los ritmos: "Historia de un Amor", y "A puro dolor".
Para qué llorar y deprimirme si aquí queda Monagrillo, donde beben chicheme Andrés Poveda y los hermanos Sandoval; un país que tiene paisajes irrepetibles en Chiriquí, en Bocas y en Darién, y son míos los más grandes camarones del universo, y las mujeres más hermosas de América Latina están en Los Santos y en El Cristo de Aguadulce.
Y son míos los más grandes: Neco Endara, Rosa Brittón y Ramón Fonseca.
Tengo un país con eminencias médicas que traen a la vida niños probeta, y hacen operaciones de corazón abierto con los ojos cerrados. Tengo dos océanos a menos de hora y media uno del otro, y es mío Laffit Pinkay, el jinete más importante de todos los tiempos.
Sí, el país que tengo hoy está en crisis (como el mundo entero) y los políticos se han empeñado en destruirlo. Pero siempre ha sido así, y no por eso ha dejado de ser el mejor país sobre la tierra. Entonces ¿por qué llorar y dejarme vencer por el hedor de los perros muertos?
Hoy es el día más hermoso de mi vida, y mañana será mejor. |